Bienvenido,  Alberto Tena López

Revista nº 9

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29/12/2008Negro sobre blancopor EL ZOCO

Obama - we canSi me lo hubieran contado hace un año no me lo habría creído. En los largos y tediosos meses que duró el enfrentamiento intestino entre Hillary Rodham Clinton y Barack Obama por ver quién se hacía con la candidatura definitiva del Partido Demócrata para las elecciones presidenciales que acaban de celebrarse en los Estados Unidos, con el resultado que ya sabemos, no encontré a nadie que no pensara que ese juego de desgaste, la pugna entre un negro (!) y una mujer (!), podía deparar otro final que la victoria del Partido Republicano y la prolongación de su mandato por cuatro años más. Pero bueno, ¿es que esa gente no tiene candidatos de verdad, tipo Kerry o Gore? Ése era uno de los lugares comunes. Y no digamos cuando Obama batió por fin a Clinton; en ese momento cundió el desánimo a lo largo y ancho de la aldea global, porque, a ver, ¿quién podía concebir un inquilino negro en la casa blanca? Y por si fuera poco, el muy insolente tiene un apellido que rima con Osama. Si tan fuertes y arraigados eran los prejuicios, incluso entre los derrotistas de la cáscara amarga que opinamos sin recato sobre lo que pasa en el mundo porque nos empapamos del País y de la Ser, hay que imaginarse cuál era el sentir del cuerpo ciudadano estadounidense antes de que se le planteara un dilema como el que le ha sido planteado.

Barack Obama partía lastrado por las listas negras que nunca han dado la menor posibilidad a quienes no fueran de tez sonrosada. El dinero negro que respaldaba a McCain no ha logrado tener un discurso tan convincente como el suyo. Ha conjurado la suerte negra haciendo que durante toda la campaña fueran sus rivales quienes las pasaran negras y finalmente quedaran llorando su pena negra con lágrimas negras. Y ha ganado ilusionando a un pueblo multiétnico tras colarse de rondón y conseguir que una mayoría se olvidara del color de su piel y se encomendará a él con sus aspiraciones y decepciones. Eso es algo que no consiguieron, por mucho que hayan sido o sean celebridades, ni Jesse Owens con sus zancadas, ni Louis Armstrong con su inspiración, ni Sidney Poitier con sus aulas rebeladas, ni Mohamed Alí con sus guantes, ni Magic Johnson con sus encestes, ni el renegado Michael Jackson con su Thriller, ni tantos otros de similares glorias; ninguno de ellos ha conseguido que se miraran sus éxitos al margen del color de su piel: son y serán figuras negras.

Ese hombre, pues, ha realizado una hazaña titánica digna de figurar entre aquellas que registran los anales como pasos dados por la Humanidad. Por eso, que no le pidan más, que no le vayan con la cursilería del «no nos falles». No hace falta que cumpla su promesa de cambiar el mundo, ¡ya lo ha cambiado! Si, por añadidura, consigue poner freno a los desaguisados que las políticas neoconservadoras han causado al mundo, será el no va más.

Confieso que me enganché al culebrón electoral de los últimos días y que la noche del lunes-martes en que se decidía la cuestión aguanté esperando un avance de resultados para acostarme bien avanzada la noche. La mañana del martes me desperté bastante tarde después de un sueño intranquilo en el que me vi acunado por Dinah Washington, Miriam Makeba, Aretha Franklin, Tina Turner, Tracy Chapman, los doce negritos de Agatha Christie, Kirikú, el sargento negro y Jorge Negrete con cara de despistado. A un lado de la cama pendía la radio, a punto ya de resbalar al suelo, sujeta por el cable de los auriculares, uno de los cuales resistía milagrosamente incrustado todavía en mi oreja izquierda. Más tarde, en plena resaca informativa, el inconmensurable Berlusconi dejaría caer en los medios su doblemente pringosa opinión —engreída y xenófoba― con la afilada sorna que ya le conocemos: «Obama è giovane, bello e anche abbronzato». Pero sus palabras eran un síntoma; el rencor que rezumaban traslucía que algo podía cambiar efectivamente en un mundo puesto patas arriba por la victoria de un hombre cuya estirpe se identificaba hasta ahora con la servidumbre. Con esa convicción me decidí a poner negro sobre blanco para dejar constancia en estas líneas de que si tenemos un futuro negro ya no es algo que deba asustar.

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