Bienvenido, Alberto Tena López
Es curioso que después de casi treinta años experimentando con gaseosa educativa alguien haya llegado a la conclusión de que es posible formar buenos ciudadanos en las escuelas a través de una sola asignatura, de igual manera que se puede enseñar matemáticas o lengua o literatura. Si así fuese, aquellos que piensan que el actual gobierno trata de moldear las tiernas mentes infantiles para borrarles el innato respeto hacia las leyes naturales deberían estar tranquilos: habrá fracaso escolar también en ciudadanía, como lo hay en matemáticas o en lengua o en otras asignaturas menos proclives a ser utilizadas como colutorio mental en colegios e institutos. Conque no deberían sentirse amenazados los custodios de las buenas costumbres, puesto que su derecho exclusivo a seguir adoctrinando en su sistema de valores ―el de toda la vida― no sufrirá detrimento, al menos por ese lado.
El noble concepto de «educación cívica», maqueado perifrásticamente como «educación para la ciudadanía» (¿es que «civismo» «y ciudadanía» no son sinónimos?), nos hace evocar el comportamiento propio de un buen ciudadano. Pero ¿esta sociedad nuestra valora realmente a los buenos ciudadanos? ¿y qué es hoy ser buen ciudadano? Mejor será dejar las preguntas en el aire para otra ocasión. No es por ahí por donde quiero conducir estas reflexiones. Lo que yo me pregunto es si se pueden enseñar las cualidades que se estiman como buenas en las personas. Así, poco más a menos, se lo preguntaron hace más de dos mil años a un individuo ensabanado y algo zarrapastroso, llamado Sócrates, ¿se puede enseñar la virtud?, o sea, ¿se puede aprender a ser buen ciudadano? Por tratar de hacer reflexionar a sus interlocutores sobre ello el propio Sócrates fue condenado a muerte, acusado de apartar del buen camino a los jóvenes atenienses enseñándoles fruslerías.
El pensamiento marxista concibió un proyecto de existencia humana de ciencia ficción según el cual habría de nacer un hombre nuevo, totalmente emancipado y desarrollado en todos los aspectos, espiritual, moral, físico y estético, una vez desaparecidas las condiciones alienantes. Si Sócrates y Marx hubiesen podido confrontar sus ideas —barbudos ambos, me los imagino paseando de la Academia al Liceo— no se habrían puesto de acuerdo. Sócrates argumentaría que el conocimiento era la fuente de la virtud, en tanto que la ignorancia constituía el origen de la maldad, y de ahí deduciría que la virtud, no siendo innata, se podía enseñar y su posesión dependía de cada uno. Don Carlos, en una escala retórica y dialéctica que lo llevaría de la tesis a la síntesis, pasando por la antítesis, concluiría que solo la culminación de una acción colectiva que desembocase en un sistema socialista depararía individuos libres, y virtuosos.
Por su parte, el cándido Juan Jacobo Rousseau sugirió que el ser humano era bueno por naturaleza; pero el caso es que apenas queda ya naturaleza a la que volver, y en ella no campan los buenos salvajes, sino los lobos de Hobbes, que a la que te descuidas te montan una urbanización o un parque temático.
Sigmund Freud, a quien hemos parafraseado sin pudor el título de estas líneas, veía en el hombre tendencias agresivas innatas; su destino como especie dependería, según él, de que la cultura pudiera refrenar esa agresividad; la cultura, pues, entendida como compendio de las manifestaciones que nos distinguen de los animales, ha demostrado una doble finalidad: defender al hombre de la naturaleza, incluso de la suya, y regular las relaciones que establece en el seno de la sociedad.
Concluimos con Sócrates que es posible enseñar/aprender ciudadanía, porque es un concepto de valor universal; pero qué pinta un buen ciudadano allí donde no imperen la honradez y la moralidad; por eso convenimos con Marx que el crecimiento del individuo no se puede desligar de las condiciones sociales en que vive, siempre susceptibles de mejoras y nuevas conquistas. De Freud nos quedamos con la idea del valor socializador de la cultura. Tras su paso por el sistema educativo, los jóvenes deberían poseer unos sólidos conocimientos sobre los que asentar las virtudes democráticas y los valores ciudadanos, algo que parece estar cada vez más lejos según los últimos estudios, y que en modo alguno se verá remediado con una asignatura más, por mucho que se llame «educación para la ciudadanía»; recordemos con espíritu socrático que la ignorancia es compañera de la maldad. De Rousseau, en fin, conservamos la fe, bien que maltrecha, en la Humanidad.
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