Bienvenido, Alberto Tena López
“Los métodos que unos y otros han empleado para hacer prevalecer sus intereses no son en modo alguno encomiables. Estando las cosas como están, el único juicio crítico objetivo es el de los Derechos Humanos, sistemática, impune y groseramente vulnerados.
El mundo debe implicarse para obligar a los dos pueblos a coexistir en paz.”

"¿David contra Goliath?"
Indudablemente el 11S fue una fecha lamentable por muchos conceptos. También lo fue para la causa palestina. Comenzó a perder simpatías de manera inexorable, especialmente en el ámbito de la izquierda intelectual. Los EEUU desataron una guerra global contra el terrorismo para reprimir las libertades dentro y fuera de su territorio y justificar la destrucción del ya maltrecho ordenamiento jurídico internacional. Eso les permitió invadir Irak con total impunidad, y con los resultados inútiles pero sangrientos que a diario nos muestran los noticieros. El efecto dominó repercutió —especialmente en España— y sigue repercutiendo de manera trágica. El peligro de un terrorismo arraigado en el fanatismo islamista no sólo no ha desaparecido hoy en día, sino que parece haberse multiplicado y diversificado. Como una consecuencia nefasta más, el pueblo palestino, cuya lucha es tan vieja como inane, se ha visto absorbido por esa nebulosa propagandística, propiciada por los medios de comunicación, capaz de convertir a cualquier árabe en un individuo siniestro potencial portador de un cinturón explosivo. ¿Qué importa si es un visionario acólito de Bin Laden que lucha por restaurar un califato quimérico o si es un palestino que pelea por un trozo de tierra donde caerse muerto? «Todos son lo mismo», ése es corolario.
Pero no, no son lo mismo. Los millones de personas que espontáneamente se echaron a la calle en todo el mundo hace unos años pidiendo el fin de la guerra en Irak, frente a la aquiescencia de los gobiernos de sus respectivos países, sabían que no lo hacían para apoyar el régimen de Sadam, sino en solidaridad con los iraquíes masacrados por las tropas «aliadas». Sin embargo, al correr del tiempo, la mayoría de esas mismas personas, cuya nobleza de sentimientos es indudable, han titubeado en relación con la actitud que debían mantener ante la agresión sufrida por la población de Gaza de las últimas semanas, y en muchas ocasiones incluso han mostrado su comprensión por el derecho a la legítima defensa de Israel.
El pueblo palestino ha sufrido el expolio progresivo del territorio que la ONU le dejó tras la partición que supuso la implantación del Estado de Israel en 1948. Desde entonces, los sucesivos conflictos han supuesto siempre mayor expansión territorial para Israel y mayor sufrimiento para los palestinos que no se lanzaron a la diáspora. Haciendo burla del derecho internacional, Israel ha hecho una política de hechos consumados con el beneplácito de sus padrinos americanos, la cuasiindiferencia de Europa y la indolencia o la manifiesta incomodidad de los países árabes limítrofes. Y los palestinos, cada vez más solos.
Suma y sigue. Las ocupaciones de colonos israelíes que nunca han cesado, pese a los acuerdos y las treguas; los Septiembres negros; las matanzas de los campos de refugiados de Sabra y Chatila; las Intifadas duramente reprimidas; los enfrentamientos entre facciones; la imposibilidad de dotarse de unas estructuras que puedan denominarse «Estado»; la ausencia de un tejido social y de un sistema educativo y sanitario; la labor de zapa de los servicios secretos israelíes para dividir al movimiento; los muros que crean guetos; o el control del agua potable. Todo eso, y más, ha sido un caldo de cultivo excepcional para que arraigase la semilla integrista entre quienes eran los más laicos de los árabes. Pero ¿es reprochable que en 2006 muchos dieran de lado a sus representantes de Fatah, desgastados, corruptos y ya sin crédito, para depositar sus esperanzas de supervivencia en ese partido político-religioso llamado Hamás? ¿Y es lícito olvidar el bloqueo asfixiante al que están sometidos desde entonces los gazadíes como recompensa por haberles votado? Cierto es que los territorios fronterizos con Gaza vienen sufriendo los ataques pirotécnicos de los cohetes Kassam, incluso en período de supuesta tregua, pero no es menos cierto que también ha habido incursiones de «castigo», y que las ocupaciones de colonos israelíes no han cesado dentro de la «reserva» de los palestinos «menos malos», o sea, en Cisjordania. También es verdad que la posibilidad de seguir sufriendo atentados suicidas es intolerable para la población israelí, como para cualquiera. Los métodos que unos y otros han empleado para hacer prevalecer sus intereses no son en modo alguno encomiables.
Ahora bien, estando las cosas como están, el único juicio crítico objetivo es el de los Derechos Humanos, sistemática, impune y groseramente vulnerados. En otro tiempo se podía hablar de un conflicto palestino-israelí. Actualmente, hablando con propiedad, no existe tal conflicto. Israel venció militarmente a sus enemigos en 1968, y desde entonces solo ha habido claudicaciones por parte de estos. En su última ofensiva, Israel ya sólo hace paseos triunfales infligiendo el mayor daño posible, la mayor destrucción que sus sofisticados arsenales le permiten; machaca; lamina. Deja montañas de muertos tras de sí, la mayoría de gente inerme, y cientos de mutilados; y deja también niños aterrorizados, que los israelíes ―junto con los cándidos occidentales que ahora miran para otro lado― esperan que no se conviertan en terroristas. Y a cambio, sólo recibirán alfilerazos, y algún que otro tirón de orejas condescendiente del mundo civilizado.
Ojalá que cuando estas líneas vean la luz «alguien haya parado esto», como pedía El Roto en una de sus viñetas, para que no se haga verdad aquello que repetía el libro de Josué cuando los israelitas avanzaban sobre la Tierra Prometida de Canaán, conquistándola ciudad por ciudad: «pasaron a cuchillo a todo ser humano hasta acabar con todos. No dejaron ninguno con vida». Y es que la leche y la miel que allí fluían se sigue mezclando con la negra sangre: casi siempre la de los mismos. Solución: dos Estados con las fronteras de 1967; el mundo debe implicarse para obligar a los dos pueblos a coexistir en paz.
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