Bienvenido, Alberto Tena López
De él se dice que siempre se repite. Los que amamos su arte, sin embargo, le rogamos que nos regale lo mismo cada vez, que nos vuelva a ofrecer sus inimitables muestras de ingenio, su ternura, su acidez, su ironía, su inteligencia y una idea de cine tan particular como ya necesaria, tan familiar como la figura del tío soltero que, de pequeños, nos recibía con cosquillas en la nuca y cinco duros para caramelos.
Se fue a Inglaterra para hacer dos grandes películas de negrísimo género. Al cambio de registro le vino bien el acento cockney y el Royalt Albert Hall. Allí también filmó una divertida comedia pero, aún así, faltaba algo en ella. Es como si el Greco, durante un tiempo, hubiera dejado de pintar a los santos con los brazos tan largos. Esta sensación extraña se acrecentó al escuchar sus inconfundibles diálogos entre las venerables piedras de Santa María del Naranco en Vicky Cristina Barcelona. Por eso parecía más mala de lo que en realidad era, ya que mezclar el prerrománico asturiano y la afilada lengua brookliniana era tan imposible como un cocktail de lentejas y ron. La naturalidad y fluidez habitual se forzó aquí con historias de estudiantes americanas en la colorista Europa meridional, posando frente los lagartos en trencadis del Parque Güell.
Por ello, Woody Allen tenía que volver a Chinatown, a la Estatua de la Libertad, al Central Park y a las escaleras de incendios de hierro forjado, sonando de fondo Benny Goodman para que, otra vez, sus películas funcionaran como acostumbraban; regulares, buenas o magistrales pero dotadas de esa dimensión urbana, cosmopolita, intelectual y desvergonzada que sólo puede facilitar el skyline de Manhattan. Únicamente así vuelven a tener esa conmovedora cercanía, esa afabilidad empática y gloriosa a pesar de los miles de kilómetros de distancia y de que nunca hayamos pisado Nueva York.
Si la cosa funciona nos retorna por fin a un Allen puro y sin adulteraciones, aunque esta vez sus gafas de gruesa montura de pasta hayan sido sustituidas por la socarrona e indecente calva de un portentoso Larry David y, si es cierto que algún personaje sobra y que al final se precipita en una serie de inconsistencias, quedando ya lejanas las colosales Delitos y faltas, Hannah y sus hermanas, Días de Radio y Desmontando a Harry, desternillarse de nuevo con sus ocurrencias neoyorkinas no supone otra cosa que una verdadera gozada.
Pablo Díaz Torres
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