Bienvenido,  Alberto Tena López

Revista nº 9

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15/07/2009Viaje al surpor EL ZOCO

viaje-al-surVentanas abiertas. Tras ellas, tejados de tejas rojas y verdes antenas lapidan el horizonte. El cielo es un cuadrado azul que pide permiso a monstruosos edificios para existir. No importa porque es suficiente para poder soñar.

Ventanas abiertas. Dentro, un hombre y una mujer, en silencio, se miran. Cada uno desde su propio mundo. Comparten un tiempo y un lugar. Los dos escuchan. Es un leve sonido que se eleva perceptible. Es el ruido de una gran ciudad. Ir y venir de coches estresados, sirenas que persiguen delincuentes, gente que compra, gente sin rumbo, gente sin techo… Son los latidos de Madrid; esa generosa amante que se va con cualquiera, que a nadie deja indiferente, que hace soñar, que te lleva al éxito, al fracaso, a la inmundicia, a la indiferencia, a la nada.

Ella rompe el silencio.

-¿Sabes? Me tengo que ir…

Solo cinco palabras bastan para romper una vida. La ilusión se resquebraja y el tiempo avanza siempre inexorable. Cae la noche. Los dos se abrazan. Se tocan piel con piel, se sienten por dentro y se saben lejos el uno del otro. Es la distancia que siempre puso ella, que le dejó a él para existir, y que ahora parece insalvable. Es una despedida.

-Lo sé. Lo he sabido siempre. Supongo que era una realidad callada por los dos. Era un fin inevitable que, a pesar de ser constantemente ignorado, estaba detrás de todas y cada una de tus palabras. Ya sé que nunca te lo pregunté. Tampoco hacía falta. Sabíamos que este momento llegaría. Por eso esto lo pactamos con un tácito silencio. No por cobardía, sino por la esperanza, por la necesidad de creer que esto no llegaría nunca, que sería para siempre.

-No puedo creer que insinúes que todo lo que hemos vivido se ha sostenido a base de medias verdades. Duele que afirmes con esta frialdad que nacimos condenados por una fecha de caducidad impuesta por mí; y desde luego que no somos una especie de producto perecedero porque, no sé tú, pero yo seguiré adelante con la inefable sensación de que, de una forma u otra, siempre formarás parte de mí…Me duele que después de todo no seas capaz ni siquiera de ver que te llevo aquí…

Resuenan sordamente en la pequeña buhardilla equívocos que buscan culpables. Los dos callan. Después de un largo trago amargo, los dos buscan una respuesta que naufraga en el olvido. La última palabra retumba aún en el ambiente y sus ecos se dejan caer hasta la calle, cómplices de una noche de una ciudad que nunca duerme, que siempre está despierta ofreciéndolo todo, devastándolo todo.

Óscar Sánchez Nombela

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