Bienvenido, Alberto Tena López
Decía Michel de Certeau (1925-1986), estudioso de la vida urbana, que sin relatos los nuevos barrios de las ciudades quedan desiertos. Es por las historias por lo que los lugares se tornan habitables. ¿Qué raíces podríamos echar en lugares de los que desconocemos su pasado e historia? Así, narrar sirve para habitar, y además para hacerlo bien. Fomentar o restaurar esas narratividad es, por tanto, una forma civilizada y culta de rehabilitación. Hay que despertar a las historias que duermen en las calles y territorios y que yacen a veces en un simple nombre (toponimia), o esperan replegadas en los corazones de esos viejitos del parque (tradición oral), detalles nimios y ligeros como las nubes en los días de viento, siempre marchándose. Las historias son las llaves de los nuevos barrios, de las calles, de los parques y de la ciudad en general. En Canadá existe un interesante dicho que los nativos usaban con los colonos europeos: “Si esta es vuestra tierra, ¿dónde están vuestras historias?”; esto significa que el sentimiento de conexión con la tierra es inseparable de la existencia de historias sobre ella.
En cierto sentido, el arraigo y la vinculación con los espacios se basan en que los ciudadanos vivimos de historias, narraciones, resonancias y recuerdos del lugar (propios o ajenos).
Ciertamente algunos lugares nos conmueven o emocionan especialmente, más allá de la explicación racional que podamos encontrarle; más allá de gustos, afinidades, evocaciones o recuerdos. ¿Con qué paisajes resonamos más y por qué? ¿Qué hay de mí en ellos o de ellos en mí? Los lugares que conocimos en la infancia suelen emocionarnos sobremanera; Manu Leguineche recuerda ingeniosamente que “la infancia produce los exiliados más nostálgicos” (y los paisajes asociados a la infancia, también, añadimos nosotros). Y todos, de uno u otro modo, consciente o inconscientemente, tratamos de volver, de vez en cuando, a los paisajes de nuestra infancia. Porque de algún modo es como volver a ella, y máxime si allí logramos dejar salir al niño que fuimos.
En la estrecha relación y alquimia entre paisaje y paisanaje, entre territorio y ser humano, resulta curioso comprobar cómo todo paisaje destila un poso (su genius loci), del que su paisanaje difícilmente suele ser (auto)consciente. Por eso, generalmente, los mejores relatores de los territorios, los mejores alquimistas del paisaje, los indagadores del genius loci, suelen ser forasteros: Camilo José Cela en “Viaje a La Alcarria”, Juan Goytisolo en “Campos de Níjar”, Julio Llamazares en “Tras-os-Montes”, José Luis Sampedro en “El río que nos lleva”… aunque ésta, como toda regla, contenga una valiosa excepción: la de Gabriel Miró en “Años y leguas”, donde el autor descubre su natal Marina Alta de Alicante. Sirvan estas líneas como aperitivo a la apasionante literatura viajera ibérica.
En definitiva y recapitulando, quien quiera bien-habitar el (su) terruño tendrá que tomarse el esfuerzo de caminarlo, sentirlo a pecho abierto, hablar mucho con a sus paisanos (sobre todo con sus mayores), escucharles con el corazón, sentir con todos los poros de la piel, leer libros de todo tipo y pelaje, rastrear viejos mapas y planos… hasta que se sumerja tan hondo, tan hondo en el paisaje…¡¡que se encuentre consigo mismo!! y sienta, entonces, las palabras de Goethe: “Lo más sublime es la contemplación de lo diferente como idéntico”. Somos paisaje.
Pablo Llobera
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