Bienvenido, Alberto Tena López
Para que la poesía se llene de vida debe llamarse Ángel González
Para que la palabra se convierta en poesía es necesario un ancho espacio y un largo tiempo, un hombre lleno de febrero, ávido de domingos luminosos, caminando hacia marzo paso a paso.
Es necesario poner la vida en juego y perderla y volver a empezar otra partida en la que un cadáver ínfimo se muera diez centímetros tan sólo, mostrando el egoísmo de los muertos que hacen llorar y no les importa; cadáveres insensibles, distantes, tercos y fríos que no se dan cuenta de lo que deshacen. Para vivir un año es necesario morirse muchas veces mucho; aunque no hay elección, sólo muere quien puede, el resto continúa andando… por eso se paga con la muerte o con la vida, pero siempre se paga una derrota.
También es necesario vivir bajo el amor que crece y no se muere, que sigue y nunca acaba, que deja sin pulso y sin aliento, y que cuando no tiene nada, pide la esquina de la boca y la usa para probar a la manera de los panaderos al ser exacto que repite cuando se imagina Dios y le basta así. Ese amor cuyo pensamiento hace inteligente y cuya ternura hace bondadoso, amor que si olvida queda muerto en una carne viva habitada por un hombre oscuro, torpe y malo en lugares propicios donde el olvido no logra consuelo ni en una merienda de pulpa, masticada con minutos sin espinas. Por esto, todo lo consumado en el amor no será nunca gesta de gusanos porque lo que ya ha ardido no debe temer al tiempo.
Y además es necesario pensar en el otro amor, ese amor cierto que llega en el invierno del Mar del Norte y el verano de Valparaíso, que se manifiesta durante primaveras, veranos, soles y lunas, pero jamás en el mismo día. Ese que únicamente deja el recurso de andar solo, de vaciar el alma de ternura y llenarla de hastío e indiferencia, en el momento en que la sonrisa no representa otra cosa que la ausencia de algún gesto más justo para significar la seca, dolorosa, irreparable pérdida del llanto.
Es necesario, asimismo, dejarse llevar de la nariz, o de cualquier otro apéndice, hacia ese lugar donde ponen sin dudar los ojos bellos en bandeja, incluso con rímel, incluso esos sábados en los que las prostitutas madrugan para estar dispuestas. Allí, un bandoneón recorre escotes y columnas vertebrales para que las cucarachas, que no saben en qué país viven, presenten un escrito de queja al presidente de la república si nos quedamos leyendo en casa ya que los poetas prudentes, como las vírgenes, no deben separar los ojos del firmamento, sobre todo en las noches estrelladas en aceptable uso cuando la canción huye, borracha y sollozante, hacia la calle, donde el duro reflejo de unos vidrios helados la rechaza y la triza contra el suelo.
En definitiva, para que la poesía se llene de vida debe llamarse Ángel González, nombre con alas celestiales y mordidas, y con un miedo difuso, una ira repentina y unas imprevisibles y verdaderas ganas de llorar cuando sabe que la muerte es la mejor prestidigitadora porque le hace desaparecer sin moverse y cuando sabe que el río de la vida que pasó sigue moliéndole vivo, hecho polvo enamorado… Con estos versos tristes siento el alma como una caricia. No es que me alivie la tristeza ajena: es que me siento menos solo.
Verónica Peña
El poeta Ángel González (Oviedo-1925, Madrid-2008) realizó una de sus últimas visitas a Leganés en mayo de 2007 con motivo del homenaje que le rindieron los institutos leganenses a través de un acto celebrado en el Centro Cívico José Saramago y con la edición de un libro con poemas e ilustraciones dedicados a su obra.
Además, el nuevo colegio de Arroyo Culebro lleva el nombre de este poeta de la Generación del 50 cuya lírica pone al descubierto la insolidaridad del hombre y el intenso sentimiento amoroso a través de la ironía y de la sencillez.
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