Bienvenido,  Alberto Tena López

Revista nº 8

14/05/2009Los dos locos francesespor EL ZOCO

Arthur Rimbaud y Paul Verlaine fueron sin duda dos de los mayores genios que ha dado la poesía francesa. Pero ambos, juntos y por separado tuvieron una trayectoria literaria y personal de auténtico delirio.

Rimbaud fue el artista del triple mito: antes de escribir con tan sólo treinta y cinco años su conocidísima obra poética, Una temporada en el infierno, será el poeta niño, el poeta loco y el poeta maldito. Con tan sólo 17 años y tras haber escrito ya El barco ebrio y Cartas del vidente, conoce a Paul Verlaine y se traslada a vivir con él y su mujer embarazada. Poco después, Verlaine abandona a ésta y los dos poetas salen de viaje por Europa en una búsqueda apasionada y dolorosa donde se entremezclan droga, alcohol y homosexualidad, vivencias que Rimbaud calificó de “encrapulamientos” y que terminaron dramáticamente en Bélgica dos años después: Verlaine, ebrio de alcohol y de ira ante la amenaza de Rimbaud de dejarlo, lo hiere de un disparo y tras ser sometido a un humillante reconocimiento médico-legal, es encarcelado dos años. Pero ya Verlaine había tomado inspiración de este vagabundear por Europa para su gran recopilación poética, Romanzas sin palabras) un relato de “coversión”. Rimbaud, de vuelta en casa de su madre, de la que tantas veces había huido en su adolescencia, escribe entonces Una temporada en el infierno, fiel testimonio de “la locura que tuvo lugar”, según sus propias palabras, y en la que relata en pasado su experiencia de poeta que “soñaba con cruzadas, y viajes de descubrimiento” y no sólo eso, que se vanaglorió de ser el “inventor del color de las vocales” y de un “verbo poético accesible, un día u otro, a todos los sentidos” y entre tanto, se acostumbró a “la alucinación simple”, viendo, “francamente, una mezquita en lugar de una fábrica”. Pero las intenciones poéticas de este “alquimista del verbo” resultaron ser un fracaso chocante: tras ser “devuelto al suelo” por los tormentos del día a día, el distanciamiento de Verlaine y la enfermedad, el poeta no sólo relata sino que critica la experiencia del “vidente” que pretendió ser, aunque concluye la misión que se había fijado en su famosa carta a Izambard: “el poeta es verdaderamente ladrón de fuego (…) si lo que trae de allá tiene forma, él le da forma, si es deforme, él reproduce la deformidad”.

En sus últimos años de vida, el “niño Satán” como lo llamó el propio Verlaine, el mismo que creyó poder inventar un más allá con palabras e imágenes, no hizo más que entrever ese “vigor futuro” y se retira al desierto “asesinando” su poesía y concediéndole a la vez a todo lo que escribió un horizonte inacabable de sentido. El poeta que dijo aquello de “yo es otro” y debe “hacerse vidente”, en realidad sí creyó que el “vigor” del que hablaba existía y que la poesía era el camino más corto para alcanzarlo, pero a condición de que fuera una revolución total del ser yendo hasta los límites de la alienación, del “encrapulamiento” y de la perversión y no únicamente haciendo de las palabras y la sintaxis un simple juego de bricolaje.

Por su parte, Verlaine acabó sus días miserablemente entre el hospital y los bares aunque no le faltó el reconocimiento literario que tanto merece su obra. Cuenta la leyenda que poco después de que su coche fúnebre pasara por delante de la plaza de la Ópera de París, a la estatua de la Poesía se le desprendió un brazo junto con la lira que sujetaba, como haciéndole honor al poeta que había escrito en Antaño y hogaño “la música ante todo…”

En fin, como dice Silvio Rodríguez, “hay locuras de allá, donde el cuerdo no alcanza, locuras de otro color, hay locuras que son poesía, hay locuras de un raro lugar, hay locuras sin nombre, sin fecha, sin cura, que no vale la pena curar”.

Gabriela Álvarez

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