Bienvenido, Alberto Tena López

Os voy a contar la historia del hombre que se descarnó los huesos
y les prendió fuego en lo alto de una colina.
¿La conocéis?
No es una historia de amor,
porque un hombre descarnado no soporta el soplo del aire
y hay que salir a la luz del campo para mirarse lo hondo del corazón.
Os voy a contar la historia del hombre que no era capaz de verse las manos
y se arrancó los brazos,
para no seguir viviendo sin tocarse el rostro.
No es un relato de esos que se narran
con el fin de aliviar el sofoco de las madrugadas en verano.
Sé que no os gustará;
el dolor de los árboles talados y el gemido de los bosques
no son leyendas que agrade saborear en compañía.
Os he de contar la historia del hombre al que se tragó la tierra,
y no hubo nadie que lo buscara ni que lo añorase en la superficie,
no hubo nadie que arañase el pellejo del suelo para encontrarlo,
ni nadie siquiera que cegara el hoyo y clavase una estaca,
allí mismo, allí donde se esfumó como una voluta de alma y humo.
No es una historia para poder dormir.
Ni tampoco una fábula que debáis enseñar a vuestros hijos
para que mañana sean adultos de provecho
y víboras con cordura.
La historia que yo os cuento debéis guardarla en la memoria,
esta noche, mañana, pasado mañana y la semana que viene,
durante un mes o un año o un puñado de lustros,
el tiempo que sea necesario
para que se empequeñezca y se vuelva maciza en vuestro interior
como una astilla de pedernal,
hasta que veáis a un hombre solo y os haga daño el solo verlo,
hasta que la soledad de los otros os sangre por los ojos y por la boca.
Por eso,
y no para que me sonriáis igual que tontos felices,
os cuento la historia del hombre que se descarnó
y se arrancó los brazos y se sepultó en la tierra,
que es, a fin de cuentas,
más o menos la historia de todos nosotros,
aunque a ninguno nos guste escucharla
si no somos capaces de conciliar el sueño.
Pero tampoco hay de qué asustarse.
¿No habéis danzado nunca como los indios alrededor de la lumbre?
No sabéis entonces gran cosa de la vida.
Se danza cuando cae la noche y arde la luna.
Para que el resplandor sea visible desde la ciudad,
para que quienes contemplan el horizonte negro
ocultos tras las ventanas
se miren las manos,
salgan al campo
y se toquen la cara.
Ricardo Rodríguez
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