Bienvenido, Alberto Tena López
Esta rotonda está ubicada en la avenida de Juan Carlos I, en una de las rotondas donde confluyen las calles de Rioja y de Monegros, la estatua está dedicada a un personaje literario y de ficción, en concreto a Inesica la hortelana, que aparece en un romance de Góngora que fue escrito allá por los 1625, hace casi cuatrocientos años. Si bien, por ser más apropiado hay que decir que se trata de una composición poética denominada “ensalada”, en la cual se mezclan a voluntad versos con métrica diferente y de otras poesías conocidas.
El autor de las escultura es Fernando Bellver quien, entre otras obras, realizó una serie de ocho personajes que de una forma u otra se identifican con Leganés. A cada uno de los personajes que componen esta serie, que se conoce como “Los gigantes de Bellver”, le ha dotado de un elemento característico. En este caso, la estatua lleva un cántaro de agua. Desconozco cuál es la razón para que a este personaje gongorino se le atribuyera el oficio de aguadora, cuando el autor barroco deja claro que era hortelana y moza de carácter, como veremos. Pero lo cierto es que desde tiempo inmemorial siempre se ha hablado de “Inés, la aguadora”, sin duda porque no se debió de prestar la suficiente atención al poema de Góngora. El caso es que Bellver tampoco se percató de este detalle o no quiso cambiar una tradición casi secular en la “culturalidad” de Leganés, y reflejó a este personaje de rostro rechoncho portando una alcarraza o cántaro. Seguramente la confusión vino de que en el romance, la joven va a por agua a la fuente del olmo, donde ya de noche esperaba encontrarse con su amado y se encontró con alguna que otra sorpresa.
Pero vamos a ver el poema completo para no hablar ya de oídas: Góngora presenta en el romance las penas amorosas de una moza de Leganés: “Inesica la hortelana”. “La rosa de Leganés”, que así se refiere a Inés el autor del poema, espera a Miguel, su enamorado, en una noche sin luna, con la excusa de coger agua de la fuente. Pero el caso que éste llega acompañado de Quiteria, mujer casada, y las mujeres se enzarzan en una pelea de lengua y manos, que el mozo contempla “a lo socarrón”. Inesica, despechada, se venga dándole una cinta de seda a Bras [enamorado y no correspondido de Inés], quien acechaba, como cada noche, la fuente para ver a Inesica. Esto provoca los celos de Miguel que se marcha apenado y contrariado.
Se trata de un romance burlesco, de inspiración pastoril, en el cual Góngora contempla guasón las actitudes sentimentales de los protagonistas.
Aquí el poema; ¡qué os guste!
Salud y República
© Pumuki
A la fuente va del olmo
la rosa de Leganés,
Inesica la hortelana,
ya casi al anochecer.
La luna salir quería,
mas los dos soles de Inés
le dijeron a la luna
no tenía para qué.
A los tres caños llegó,
y su mano a todos tres
correr les hizo el cristal,
que ya les hizo correr.
Llenaba su cantarilla,
y vaciábala después,
cantando por no llorar
la tardanza de Miguel:
«Si viniese ahora,
ahora que estoy sola,
ola, que no llega la ola,
ola, que no quiere llegar».
Las olas calmó la niña,
porque en oyendo el rabel
del mancebo que esperaba,
perdió la voz de placer.
Mas, viéndole con Quiteria,
la de Gil, perdió otra vez
la voz, más fue de pesar,
y escucholos sin querer.
«Mala noche me diste, casada;
Dios te la de mala».
Sin permitirle acabar
para Quiteria se fue,
que la recibió con señas,
si llegó mudilla Inés.
De sus cuatro labios, ambas
más se dejaron caer
virtudes, que del romero
califica no sé quién.
Miguel, a lo socarrón,
mientras se abrasan por él,
con aguas turbias apaga
el fuego en que las ve arder.
«Turbias van las aguas, madre,
turbias van;
mas ellas se aclararán».
«Diga, señora la buena,
la que se precia de casta,
¿la propia a Gil no le basta,
que le hace criar la ajena?».
«Amiga sí, y tan sin pena
como tu bendita madre
costas le hizo a tu padre,
siendo tu del sacristán».
«Turbias van las aguas, madre,
turbias van;
mas ellas se aclararán».
Aclaráronse las aguas
tanto, que fue menester
que Miguel se moje entre ellas
cantando como un angél [*]:
«Ya no más, queditico, hermanas,
ya no más».
Llegó en esta sazón Bras,
la mejor que pudo ser,
pues un favor le escuchó
lo que cantaba a un desdén:
«Bien sé que a la muerte vengo
zagala, en venirte a ver,
mas tal cariño te tengo
que no puedo más hacer».
Seis meses de ruiseñor,
de pelicano otros seis,
Bras ha servido a Inesilla,
otros tantos de cruel.
Ha sufrido a la que ahora,
agradecida a su fe,
un listón le dio encarnado,
como Dios hizo un clavel.
Por vengarse del ingrato,
favor le hizo i merced,
del que a Bras será listón
y a Miguelillo cordel.
Él, desmintiendo su rabia,
al plectro hizo morder
las cuerdas de su instrumento,
y cantando esto se fue:
«Vámonos, que nos pican los tábanos;
vámonos donde moriré.
Por Quiteria dormí al hielo,
y por Inés voy corrido;
si de necio me he perdido
ninguno me tenga duelo;
si no me negare el suelo
aun donde ponga el pie.
Vámonos, que nos pican los tábanos;
vámonos donde moriré».
[*] Acentuado así en el original.
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