Bienvenido, Alberto Tena López
A Claudio Rodríguez,
in memoriam.
¿Siempre la claridad viene del cielo?
La claridad también restalla, oscura,
subterránea, invisible, en los reflejos
de geodas y gemas, y en la muda
presencia del escualo, allá en sus piélagos;
en colas de cometas y en nocturnas
poluciones de estrellas, y en secretos
orgasmos del coral y las medusas,
y en semillas de flores, cuyo aliento
es promesa de luces y venturas.
La claridad también está en el leño
que crepita, al arder, bajo la luna,
y en las áureas pupilas de los félidos,
y en los ojos de búhos y lechuzas.
Hay también claridad en el destello
de neuronas, dendritas y rotundas
combustiones del magma que en silencio
van licuando la roca en roja pulpa
de un fruto mineral, que va fluyendo
por cársticas arterias, cuando expulsa
su corazón la tierra, y desde dentro
su pulsación transforma en sangre dura.
La claridad se enturbia en el deseo
que oscurece la vida en sus absurdas
tentativas del ser por ser eterno
y evidencias del alma que lo anubla.
No es del cielo la luz, ni del infierno,
ni está la claridad resuelta nunca,
cuando se indaga en ella y sólo vemos
una sombra abismada en su negrura.
Esa sombra, que es luz del pensamiento,
su claridad irradia tras la bruma
del cuerpo que la ciega, sólo un cuerpo.
La muerte es quien lo aclara y lo deslumbra,
sumiéndolo en la paz de ese desierto
eternamente mudo, y lo desnuda,
mostrándole esa luz que deja ciegos
para siempre a los muertos en sus tumbas.
La claridad después blanquea huesos,
fulge fílmica en cinerarias urnas,
dejando un vago rastro de recuerdos
que el tiempo va sumiendo en sus esclusas.
Si viniera la claridad del cielo,
no andarían los hombres siempre a oscuras.
Ignacio Caparrós
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