Bienvenido, Alberto Tena López
Hace una semanas, El Zoco Viajero se puso en marcha de nuevo para asomarse a los balcones del manchego horizonte. Sobre ruedas nos fuimos a visitar el Parque Natural de los Calares de río Mundo, situado en plena sierra de Alcaraz, al suroeste de la provincia de Albacete, en las tierras que fueron de señorío del bandolero Pernales. Por su cercanía ―unos 6 km—, elegimos para alojarnos el encantador pueblecito de Riópar, concretamente en unas cabañas rurales que nos albergaron durante dos noches. Desde luego, quien identifique la Mancha sólo con esas vastas llanuras pobladas de vides que conforman el austero paisaje de una buena porción de sus dominios no podrá por menos que asombrarse al descubrir la feracidad de estos pagos y la belleza de los riscos y farallones calizos que los conforman. Eso mismo fue lo que nos sucedió en los días de esta escapada. Nuestro viaje tenía como objetivo inicial contemplar el nacimiento del río Mundo. Aunque salimos el viernes de atardecida, quisimos sacar provecho del viaje e hicimos un alto en su mitad para visitar entre dos luces San Carlos del Valle, una singular población de Ciudad Real que hay que remarcar en el mapa para ver más despacio en otra oportunidad. Poco más pudimos ver porque llegamos ya de noche a nuestro destino. Al día siguiente, de buena mañana, un paseo suave nos condujo por una senda en cuyos márgenes competían pinos y tejos entremezclados casi lujuriosamente con encinas, fresnos, sauces y olmos hasta llegar a una pared rocosa de donde el agua brotaba a borbotones con una largueza inusitada en otros lugares relativamente próximos: ahí nacía el río Mundo, humilde en el resto de su breve cauce, pero aristocrático en su alta cuna. De acá para allá, el resto del sábado nos deparó nuevas maravillas que admirar: entre otras, el pueblecito pictórico de Ayna, conocido gracias al cine de José Luis Cuerda en las escenas de su Amanece que no es poco allí rodadas; y la localidad de Alcaraz que, presidida por dos desiguales castillos, nos ofreció retazos de su historia musulmana y cristiana mientras caminábamos por calles empinadas embelesados con los edificios monumentales sacros y profanos que enmarcan su plaza mayor. La mañana del domingo retomamos nuestra marcha temprano con el espíritu ávido de seguir disfrutando paisajes inopinados.
Avistamos las Lagunas de Ruidera, otro paraje que no defrauda a ningún buscador de oasis que se precie; incrustadas en la aridez manchega, tanta maravilla causan sus aguas que se antojan irreales. En las inmediaciones, sin un minuto que perder, encontramos pronto la Cueva de Montesinos, y por su boca descendimos emocionados hasta lo más profundo de la literatura, allí donde el extremado caballero don Quijote vivió una de sus ensoñaciones. A la hora de comer, la suerte nos favoreció porque topamos con una de esas ventas cervantinas, que bien podría ser un castillo, y pusimos a nuestro viaje un digno colofón gastronómico; llenamos la andorga con los platos del país: cordero asado, migas, gachas, pipirrana, duelos y quebrantos, lomo de orza y otras exquisiteces, moderadamente regadas con los caldos del país. Y luego, para casa. Debo decir que uno de los atractivos de este viaje fue la convivencia misma entre los “zoqueros”; el camino siempre estuvo amenizado con canciones de los Beatles, de Sabina o de Aute y, pese a la amenaza de lluvia, hasta con cánticos espirituales. En suma, el buen humor corrió a raudales. Y si al lector de mi sucinta crónica se le ponen los dientes largos por haberse perdido ésta, sepa que tendrá más ocasiones para sumarse a El Zoco Viajero.
Francisco Manzanero
Copyright EL ZOCO. La primera a la izquierda