Bienvenido,  Alberto Tena López

Revista nº 9

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17/11/2009El cielo del Saharapor Francisco Arroyo

Sahara, fotografía de Jose Luis SampedroDonde quiero invitarles no hay lujosos hoteles ni monumentos sorprendentes ni les propondré una gastronomía exquisita; eso sí, aseguro una experiencia que no olvidarán. Me refiero a los campamentos saharauis en Tinduf (Argelia).

El viaje de ida fue muy complicado: enlaces pedidos en Argel, esperas, vuelo a Orán, viaje en viejos “Land Rover” por las pistas del desierto,… Pero, después de todo y de… no sé cuántas horas, estábamos en La Güera. En esta primera noche en el desierto, a pesar del cansancio y del nerviosismo, me impresionó y emocionó el cielo estrellado que la ausencia de Luna lo hacía especialmente inmenso y bello. Les garantizo que no por tópico y típico este momento deja indiferente a nadie. Todas las noches que estuve allí me alejé un buen tramo del campamento para revivir esta sensación.

Al día siguiente, el negro se había transformado en un azul intenso y los puntos brillantes en una luz cegadora que me descubrió la parte menos amable de ese pequeño trozo de desierto: un pedregal de tierra y guijarros, duro, áspero y hosco. Igualmente me reveló las duras condiciones en que viven los saharauis y su esfuerzo en afirmar una estructura social y política que mantenga viva su lucha por su tierra y su independencia.

Las casas de adobe y la “haimas” de lona intentan alinearse formando intrincadas calles y caminos. Los más afortunados poseían alguna cabra que sólo Dios sabe de qué se alimentaba, y tan sólo los verdaderamente pudientes podían mantener algún camello. Eso sí, todas las familias que visitamos, se esforzaron en atendernos y agasajarnos: desde el humilde té moruno, caliente como el diablo, que nunca faltó, hasta el guisado de camello (todo un lujo) que comimos en la casa de un buen amigo.

Una vez allí, visitamos el colegio y el centro social del campamento, donde la alcaldesa nos recordó cómo era la antigua ciudad de La Güera, en el Sahara occidental. La visita al hospital y al dispensario fue la parte más difícil del viaje, pues en poco se parecen los que vi a los que conocemos. También descubrí cómo la lluvia, tan escasísima como necesaria, había azotado el poblado hacía unos días y se había llevado el adobe de muchos muros y techumbres de las casas.

Mientras que duró la estancia seguí descubriendo lugares y gentes: nuestro joven traductor que recordaba sus años en Cuba, los viejos que se concentraban en un montículo que utilizaban como lugar de oración, un minúsculo sembrado de lentejas, las inútiles enseñanzas para colocarme el turbante, “el árbol”, la alegría de los que recibían las cocinas que llevaba el grupo, los campamentos vecinos,…

En fin, unos días cargados de experiencias, imágenes y sensaciones difíciles de olvidar.

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