Bienvenido, Alberto Tena López
Las enormes lagunas existentes sobre la reinterpretación del pasado histórico de Leganés suponen una importante llamada de atención a las autoridades competentes, para que se fomente desde las instituciones un trabajo historiográfico con el necesario rigor científico. Sorprende la ausencia de un merecido estudio sobre los Vargas, la familia propietaria de las tierras más ricas de Leganés desde tiempos medievales que mantuvieron estas posesiones hasta el siglo XIX.
Parece increíble que una ciudad del siglo XXI no conozca su evolución durante la edad Moderna, cuando fue un periodo de gran bienestar para Leganés, pero resulta indignante que no haya habido aparente preocupación por fomentar ese estudio. Incluso, en ocasiones, editando publicaciones carentes de rigor historiográfico, que conviertan el estudio e interpretación del pasado, en algo sólo anecdótico o contaminado por un rancio positivismo documentalista. La ciencia histórica es algo vivo que se alimenta día a día en archivos o excavaciones con nuevos hallazgos, pero sólo pueden adecuarse en su contexto histórico por verdaderos expertos.
En la zona sur madrileña residen cientos de historiadores, mientras que su pasado histórico sigue en el olvido, en pocas ocasiones ha servido de tema para artículos o tesis doctorales, y la ausencia de estímulos municipales y regionales para la publicación de estos trabajos no ha beneficiado un cambio de situación.
Por iniciativa personal se realizan estudios esporádicos y alguna tesis, como la tan esperada sobre el Marqués de Leganés, que aportan pequeñas luces a tan difuminado panorama, pero se carece de la pequeña y necesaria fusayola que tense la lana para que trabaje el telar.
En este erial historiográfico, no debe sorprender la ausencia de un trabajo pormenorizado sobre los Vargas, propietarios de los mejores regadíos con las aguas del Butarque hasta bien entrado el siglo XIX, y una de las sagas más importantes de la caballería de alarde madrileña, que ascenderá hasta la alta nobleza con la concesión del título de Marqués de San Vicente del Barco y luego entroncará con la casa de Hijar. Aunque sea conocida la referencia al hidalgo Fadrique de Vargas Manrique de Valencia, como titular de un mayorazgo que incluía vastas propiedades en Leganés, en las Relaciones Topográficas realizadas durante el reinado de Felipe II, no existe un estudio pormenorizado de este importante corregidor de Madrid, Caballero de Santiago que en 1629 será titulado Marqués de San Vicente del Barco por Felipe IV.
El mayorazgo de los Vargas comprendía vastos territorios al sur del río Manzanares, siendo los principales propietarios en aldeas como Carabanchel o Leganés, con relaciones de parentesco con otros importantes propietarios de la comarca, como los señores de Casarrubios y de Móstoles. Como se dice en las mencionadas Relaciones, sus posesiones ocupaban las tierras más fértiles del oeste leganense, con importantes huertas donde se cría hortaliza del género sobredicho (hortaliza de cebolla y berenjena y nabo), y tiene olivos en ella, y cercada de alameda; Fadrique de Vargas tenía el privilegio de regar con el agua del arroyo de Butarque hasta cuarenta y siete de las setenta fanegas de tierras acordadas para regadío, mientras que la otra tercera parte del terreno regado se repartía entre los demás propietarios. Acaso en el siglo XII no era Iván de Vargas el propietario de las tierras carabancheleras que labraban los ángeles a Isidro; y acaso tiempo después y según la tradición cristiana una mujer de Butarque no se benefició de la intercesión milagrosa del santo.
En 1558, a la muerte del abuelo de Fadrique, los terrenos que comprendía la Casa de Campo de los Vargas al oeste del camino de Talavera fueron desvinculados y vendidos a Felipe II, quien mostró este interés durante una estancia en Flandes, por extender el cazadero desde el Pardo hasta el Alcázar madrileño. Una adquisición que pudo influir para que este monarca, tres años después, fijase de forma permanente su Corte en la Villa. Además de su aproximación a la Corte, y de sus servicios en Flandes, Fadrique de Vagas se benefició con una creciente demanda de alimentos frescos que mejoró el precio de los productos de las huertas leganenses en el mercado madrileño; una producción que mayormente se cultivaba en sus huertas.
No parecen que peligraran sus intereses en Leganés cuando en 1627, y a pesar de la oposición de los vecinos, Felipe IV desvincula Leganés del concejo madrileño y concede el Marquesado de Leganés a Diego Messía de Guzmán, pues sólo dos años después a Fadrique se le concederá el título de Marqués de San Vicente del Barco. Desde entonces se planteará una dualidad y un reparto de poder entre ambos linajes, los marqueses de Leganés ostentarán la jurisdicción y el poder político con la elección de las autoridades, mientras que los de San Vicente mantendrán un creciente poder económico.
Carlos J. López
Doctor en Historia
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