Bienvenido, Alberto Tena López
El urbanismo devorador terminará por ocultar el humilde barranco Reajo, atalaya que divisaba a todo visitante que llegaba o salía de Leganés por el Norte, en el camino a la Villa y Corte a través de los Carabancheles. Sobre este talud se levantó la ermita de Nuestra Señora de Butarque, vigía de todo el valle excavado por el arroyo que da nombre a la advocación, verdadera frontera natural que fija los límites del municipio, un oasis, que diría Galdós, siempre amenazado por la vorágine urbanística de una capital que acerca sus tentáculos hacia las riberas
Las aguas del arroyo sirvieron para que se fundara la aldea de Butarque poco tiempo después de la conquista de Madrid por Alfonso VI. En tierras de la aldea la Virgen María se le apareció a un molinero conocido como el Cristiano en 1117 según cuentan las fuentes cristianas. Origen del culto mariano que conserva hoy su patronato sobre la ciudad, y lugar de acogida de la imagen de la virgen que cada año es trasladada en procesión a la Iglesia de El Salvador fijando las fiestas de Leganés. De allí vinieron los repobladores medievales de Leganés, mientras que el aprovechamiento de las aguas del arroyo de Butarque siguió marcando la economía de estas tierras durante siglos.
El templo que hoy se conserva ha sido profundamente restaurado después del trágico incendio que el 30 de diciembre de 1969, arrasó el edificio, el retablo con la imagen de la Virgen y su carroza. Siniestro que apenas respetó los muros maestros del edificio levantado hacia 1536. Fecha de construcción más aceptada, aunque al lado derecho del dintel de la entrada del lado de la epístola, una piedra fecha el final de su construcción dos años más tarde.
La ermita es austera, construida con ladrillo toledano y exenta de campanario, con una portada principal al lado de la epístola, antecedida por un porche columnado. Tiene una única nave que en su cabecera acoge la capilla de Virgen, a la que se accede a través de una pequeña escalera, que comunica con la pequeña sacristía. El templo servía para oficiar los actos religiosos del aledaño cementerio decimonónico creado en las afueras tras la prohibición de enterrar en las iglesias, fijando una silueta que se destaca por sus elevados cipreses.
En 1900 sufrió la más importante remodelación con la construcción del panteón de los Duques de Tamames, como un ensanche lateral también de ladrillo y con cabecera semicilíndrica a modo de ábside, mientras que el interior de esta “capilla-panteón” contrasta por la belleza y esplendor de sus tumbas realizadas con el blanco mármol de Carrara. Aquí se encuentran cinco interesantes escudos heráldicos de esta familia propietaria de amplias posesiones en la zona sur madrileña, que fueron estudiados por el académico Pedro Cordero.
En el 2007 concluyeron los últimos trabajos de restauración y conservación del edificio dirigidos por el arquitecto José Félix de Vicente, que se han visto culminados con la elaboración de nuevo retablo formado por un gran relieve en bronce (8×5m) que sustituye al incendiado en los años sesenta; obra de Luis Arencibia con una composición dividida en los dos mundos platónicos, abajo los elementos terrenales y en la superior los celestiales, entre ambos espacios una zona divisoria donde se aprecian edificios históricos como la iglesia de El Salvador, la de San Nicasio o la propia ermita desde el exterior, que sirven de fondo a imágenes de vecinos y personajes leganenses que recorren ese microcosmos terrenal.
Con el tiempo la ermita de la virgen de Butarque ha cambiado su fisonomía. Al aislado y sencillo edificio de tiempos del Renacimiento, hoy se le ha cercado de edificios, desequilibrado la planta con el panteón, y el interior con el retablo de bronce, pero estos cambios también le han supuesto nuevas aportaciones artísticas que revalorizan su legado histórico, tanto el panteón como el original retablo de Arencibia serán motivos suficientes para rellenar estas páginas.
Alonso de Cartagena
Copyright EL ZOCO. La primera a la izquierda