Bienvenido, Alberto Tena López
Poco a poco las esculturas se han implantado en el paisaje urbano de Leganés, es habitual pasear entre obras de arte, muchas veces incomprendidas, pero tan cercanas en nuestro quehacer cotidiano que su ausencia sería lamentada. Las esculturas se han popularizado mientras desconocemos en la mayoría de los casos quiénes son sus autores. Tal es el caso del madrileño Francisco Barón (Madrid, 1931-2006) autor de algunas obras que forman parte y engrandecen el panorama artístico de la ciudad.
Barón nació para crear formas, instaló su primer taller de escultura cuando apenas tenía 14 años, y pronto comienza una variada formación que le llevó a ingresar a los 18 en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. En Londres conocerá a Henry Moore y en los Estados Unidos investigará plásticamente sobre las técnicas y materiales del constructivismo. En 1962 instaló su taller en Madrid y desde aquí organizó diversas exposiciones en Nueva York, Frankfurt, Dusseldorf, Ginebra, París o Bogotá. Un trabajo incansable que le han convertido en una de las figuras esenciales para comprender la escultura española en la segunda mitad del pasado siglo.
Considerado como uno de los más importantes representantes del expresionismo abstracto español, tuvo un periodo plenamente abstracto relacionado con su estancia en Estados Unidos. Pero también sus volúmenes han sabido crear una obra figurativa que tiene en la naturaleza su inspiración. Una característica que se pueden comprobar en las dos magníficas esculturas cedidas por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y expuestas en el Museo al Aire Libre de Leganés, con acceso desde las Dehesillas. Ocupando un lugar preeminente en el jardín está Silos (1970-71) obra realizada en poliéster, fibra de vidrio y acero inoxidable, que representa un árbol formado por volúmenes curvos de un llamativo color rojo que se elevan evocando vagamente un ciprés, más cercano al árbol enraizado que a la espiritualidad del monasterio.
La segunda obra del museo es Esfera orgánica II, realizada en bronce y acero inoxidable en los mismos años que la anterior, representa una forma esférica, que, a modo de semilla, se abre como una flor. Esta obra es un buen ejemplo de sus esculturas manipulables y transformables, de esos juegos de formas que tanto le gustaban al artista, por los que le llegaron a definir como “prestidigitador escultórico”. Estas dos esculturas serían motivo suficiente para acercarse y dar un paseo por el Museo, abstraerse y evocar ambientes a través de volúmenes, como quería mostrar Barón, unos lugares que siempre tendrán contacto con la naturaleza.
Cual no sería mi sorpresa cuando me enteré por el interesante libro de Marín-Medina sobre escultura en Leganés, que también era obra de Paco Barón la estatua Toro, ese morlaco de tamaño natural realizado en hormigón y con cuernos de bronce, sobre el que se subieron tantos niños en el colegio León Felipe, donde cumple de vigía incansable mirando quien entra o sale del recinto. Dando por buena su paternidad, en esta obra figurativa Barón minimaliza la figura evitando detalles innecesarios y hace entrañable al animal rebajando la bravura pero no su hidalguía, en un rojo que fue chillón y que contrasta con el brillo de sus bizcas astas. Muchos colegiales conviven con el arte, disfrutan con el bicho, se ha hecho imagen del cole. Aprovechando estas líneas quiero mostrar mi mayor agradecimiento y reconocimiento profesional al equipo docente de este colegio público, que tanto ha participado en la formación de mi hijo.
Alonso de Cartagena
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