Bienvenido, Alberto Tena López
Muchas son las lagunas existentes en el estudio del pasado histórico de las ciudades que hoy componen el sur madrileño. La importancia política y social adquirida en las últimas décadas han propiciado que el estudio de su pasado se haya orientado al devenir de tiempos contemporáneos, sin embargo recientemente la abundancia de datos documentales y objetos materiales que se van recuperando demuestran una relación milenaria entre el hombre y estas tierras. Aunque sólo mantuvieran un poblamiento continuo desde que en tiempos medievales el Concejo de Madrid fuera repoblando sus territorios meridionales creando aldeas, que en algunos casos se consolidaron fijando los municipios que hoy conforman la zona sur de Madrid. Pero la Historia de estos territorios no comienza en el Medievo, la abundancia de aguas en sus arroyos, lagunas y de sus corrientes subterráneas propició que desde tiempos prehistóricos estas tierras fuesen explotadas por el hombre fijándose unos hábitats permanentes que acabaron por la agitación guerrera que padeció el conjunto de la Península. Las recientes prospecciones arqueológicas junto a las riberas de los arroyos del Culebro y del Butarque han permitido reconstruir una buena parte de las formas de vida que practicaron aquellos primeros inmigrantes que llegaron a las tierras que hoy se conocen como Leganés.
Primeros Pobladores
La abundancia de corrientes de agua sirvió de abrevadero a multitud de especies, por lo que debió de ser habitual la presencia de cazadores nómadas que desde la Prehistoria aprovechasen esta concentración de animales junto a los acuíferos. Las primeras prospecciones arqueológicas datan de 1929 cuando José Pérez Barradas inicia el estudio de las graveras y areneros de los arroyos Culebro y Butarque y del río Manzanares. La Carta Arqueológica de la Comunidad de Madrid refleja la existencia de indicios de un posible hábitat paleolítico cercano al actual parque de Polvoranca identificado como yacimiento 74/135, aunque tampoco los últimos sondeos realizados en 1999 lograsen confirmación arqueológica.
La primera transformación de las fuerzas de la naturaleza en beneficio del hombre fue consecuencia del descubrimiento de la agricultura y de la ganadería; avances que provocaron el excedente alimenticio necesario para la expansión de núcleos humanos sedentarios establecidos en las tierras más fértiles, próximas a fuentes que asegurasen el abastecimiento de agua potable. Las tierras de Leganés pronto acogieron el poblamiento humano según atestiguan los yacimientos arqueológicos localizados en las cercanías de los arroyos que atraviesan su término. La tierra y el agua facilitaron los recursos alimenticios necesarios para asegurar una residencia estable, con una producción cerealista típica de secano, el recurso de la caza en los humedales y un agua de alta calidad en el cauce de sus arroyos.
El avance urbanístico permitió la localización de importantes yacimientos arqueológicos tras las excavaciones realizadas por la Comunidad de Madrid, en ellas se encontraron multitud de restos que contribuyen a reconstruir virtualmente unas formas de vida milenaria que tuvieron los primeros pobladores, pudiéndose admirar los más significativos en la exposición permanente del Museo Arqueológico Regional de Alcalá de Henares.
El yacimiento más antiguo data del periodo Calcolítico o Edad del Cobre (3000-2000 ane) localizado en 1999 con motivo de la construcción de las carreteras R-5 y M-45 en la Finca de la Mora, junto a la ribera norte del arroyo Butarque sobre un pequeño cerro que dominaba la llanura que desciende de Carabanchel hacia Leganés. El núcleo estaba formado por unas pocas cabañas y dedicado a la actividad agrícola como atestiguan los restos de molinos circulares de granito, cuchillos y distintos tipos de hoces tallados en sílex, además de trozos de cerámica modelada a mano. Los huesos de animales domésticos y silvestres encontrados indican una limitada expansión de la ganadería y de la caza menor. La ausencia de restos de una secuencia posterior induce a creer que el lugar quedaría despoblado a fines del segundo milenio ane, periodo que coincide con la difusión del uso del Hierro por las sucesivas oleadas o influjos culturales indoeuropeos, nuevas técnicas que provocarán un crecimiento demográfico con una expansión de nuevos poblados de cabañas en un periodo cultural en que se extiende el torno de alfarero y comienza una progresiva diversificación de las actividades.
Al sur, junto al arroyo de la Recomba, conocida así la cabecera del arroyo Culebro, apareció otro importante yacimiento arqueológico con motivo de la construcción del barrio de Polvoranca. Las excavaciones fueron realizadas bajo la dirección de Eduardo Penedo Cobo durante 1999 y 2000, dando como resultado la localización de materiales de diversos periodos históricos que ofrecen interesantes datos para la comprensión y esclarecimiento del pasado. Un brillante trabajo que pudo ser divulgado con la publicación del libro “Vida y Muerte. En Arroyo Culebro (Leganés)” (2002) editado por el Ayuntamiento y La Comunidad y que sirve de base esencial para el presente artículo.
Los yacimientos más antiguos demuestran la existencia de un poblado estable durante la primera Edad del Hierro (siglos VIII - V ane), encontrándose cerca del arroyo una necrópolis de incineración formada por 32 enterramientos, depositados en tres formas distintas, entre éstas destaca la aparición de las cenizas y el ajuar del difunto introducidos en una urna de cerámica enterrada; un campo de urnas propio de este periodo, aunque la presencia de pequeñas piedras de cuarcita dentro y fuera de las vasijas personaliza algunas tumbas. Entre los restos de cultura material encontrados en la necrópolis destacan abundantes utensilios en bronce de uso personal como brazaletes, una fíbula de doble resorte, aros, pinzas de depilar y placas de cinturón; junto a distintas muestras cerámicas de urnas, vasos, cuencos y cazuelas carenadas que acompañaban los enterramientos. Esta necrópolis supuso el primer yacimiento funerario de esta época excavado en Madrid y su existencia puso de relieve la importancia de este poblado que, a juzgar por sus materiales, mantenía relaciones con otros hábitats cercanos.
En la Carpetania
Durante la Segunda Edad del Hierro (siglos V - I ane) se mantienen estos poblamientos. Desde finales del siglo III ane los indoeuropeos se han fusionado con los pobladores autóctonos y llegan al interior nuevas aportaciones culturales de los pueblos mediterráneos. Los intercambios regionales propiciaron una tendencia a unirse en grandes unidades culturales y políticas de forma que los poblados se integraron en el área de influencia de los carpetanos, pueblo prerromano con fuerte aportación étnica indoeuropea que se extendió por la Submeseta sur y las tierras entre el Alto Tajo y Alto Guadiana, siempre expuesto a influencias culturales de sus vecinos más avanzados del este y sureste. Unas influencias que impulsaron a subir los poblados a los cerros, formando acrópolis rodeadas de cinturones murados levantados en puntos de defensa donde ejercían el control sobre las fuentes de agua y los pasos obligados. Así surgieron núcleos que alcanzaron ciertos avances urbanísticos como en Toletum o Complutum con algunas calles empedradas, el intervallum entre la muralla, mejoras de servicios, etc.
De este “Segundo Hierro” se han localizado dos pequeños poblados que aprovechaban el agua del arroyo Culebro. El más antiguo corresponde a la fase inicial de ese periodo, localizado a seiscientos metros al norte del arroyo, en un terreno caracterizado por suaves elevaciones que apenas superan los quince metros sobre el cauce Aunque apenas se han conservado restos estructurales, por las huellas de hogares y fuegos encontradas se puede intuir un poblamiento formado por cabañas circulares u ovales de carácter efímero; con el uso del adobe para erigir los muros y el empleo de moldes en la elaboración de ladrillos, lo que facilitará la construcción con la estandarización del tamaño. Entre los restos encontrados todavía se mantienen cerámicas con impresiones e incisiones propias de la Primera Edad de Hierro, junto a otras muestras características del Segundo Periodo que pueden clasificarse en tres tipos: Uno compuesto por piezas destinadas a la cocina y almacenaje, hechas a mano con pastas más bastas; otro formado por objetos realizados con cerámica gris influenciada por culturas iberas que demuestran la introducción del torno y el retroceso de elementos de tradición céltica, junto a un tercer tipo de cerámica en torno de cocciones oxidantes con decoración pintada a bandas o con círculos concéntricos. También se encontraron objetos en sílex y granito como alisadores y moledoras relacionados con la actividad agrícola, así como dos fíbulas de doble resorte en bronce y otros restos realizados en hierro de aperos agrícolas. Por otro lado los restos óseos encontrados demuestran el aprovechamiento ganadero de ovicaprinos, bovinos, cerdos y caballos, así como de la práctica de la caza mayor al encontrarse restos de ciervos.
El segundo poblado de este periodo encontrado junto al arroyo de la Recomba fue fundado en torno a los siglos IV-III ane. El aprovechamiento de elementos líticos de gran tamaño reutilizados en la construcción de los zócalos de este asentamiento relaciona este nuevo hábitat con el anterior yacimiento del “Primer Hierro”, probablemente por una repentina destrucción del asentamiento. La localización de este emplazamiento supuso un acercamiento a los recursos hídricos a unos 150 metros de las riberas del Culebro. Sus construcciones se adaptan a la morfología del terreno y también están formadas por paramentos de adobe ahora levantadas sobre zócalos de mampostería, con cubiertas vegetales manteadas con barro y suelos de tierra batida. Se han encontrado restos de molinos de mano de granito y de basalto, además de fragmentos de una cerámica más basta fabricada con torno y utilizada para la fabricación de grandes vasijas de almacenamiento; la mayoría son producciones oxidantes pintadas con motivos geométricos. Así mismo es destacable la aparición de diez fusayolas que muestran la existencia de una producción textil destinada al consumo doméstico. También se encontró un fragmento de hacha de cuarcita y un afilador sobre un canto rodado, aunque lo más destacable es el hallazgo de cuatro fíbulas en bronce y una fíbula anular hispánica fabricada en hierro, además de un anillo, una placa y una punta de flecha en bronce. Mientras que los restos óseos confirman el aprovechamiento ganadero y la práctica de la caza. La localización de un molino de mano completo, así como de varios fragmentos de vigas carbonizadas induce a creer que este asentamiento fue destruido violentamente en el marco de una acción bélica.
Muchos de estos rasgos culturales se repiten en el segundo de los periodos datados en el yacimiento de la “Finca de la Mora” en Butarque, restos un foso de carácter defensivo que rodeaba un poblamiento de tipo castreño datado hacia el siglo III a.n.e., además de un pozo de agua y unas cabañas o silos subterráneos, donde aparecieron restos de cerámica, huesos de animales, puntas de flechas, hachas, molinos y morteros, piezas de silex, varios hornos de cocción y un pasador con el símbolo del omega. El poblado debió de gozar de cierta prosperidad, dedicado esencialmente a la agricultura y en menor parte a la ganadería hasta convertirse en centro de un área más amplia, donde habría una zona de cabañas y otra de silos y viviendas diseminadas que pudieran extenderse unas 4 ha.. Este pequeño núcleo urbano sobre el arroyo Butarque desapareció en el siglo I ane, cuando se datan los materiales más modernos encontrados junto a otros restos carbonizados que explicarían el fin del poblado ante un ataque, coincidente con los tiempos de ocupación romana.
Huellas Romanas
El ejército romano irrumpe en la Carpetania con motivo de las guerras púnicas y conquista Toledo (197 ane), al mando del pretor Marco Fulvio Nobilior. A partir de este momento las ciudades y territorios carpetanos pasaron a integrar el convento jurídico de Caesaraugusta (Zaragoza), uno de los siete conventos en que se organizaba la provincia de Hispania Citerior, de gran valor estratégico para asegurar el dominio romano sobre la península. Cada convento estaba encargado de administrar justicia, del reclutamiento de tropas o de la recaudación de impuestos.
Todavía son escasos los restos arqueológicos hallados pertenecientes a los seis siglos de dominación romana en estas tierras, aunque la cercanía de calzadas y villas tan importantes como las localizadas en Carabanchel, Villaverde, Pinto o Móstoles inducen a pensar en un aprovechamiento agrícola y ganadero de estas tierras con hábitats cercanos a las explotaciones, la Carta Arqueológica incluye la presencia de un yacimiento romano, probablemente también una villa, en los terrenos ocupados por el Parque de Polvoranca, aunque por el momento no se puede comprobar la existencia de ningún núcleo de población significativo.
Los yacimientos más importantes se encontraron en el arroyo de la Recomba, donde se comprueba la existencia de un pequeño núcleo o vicus que aprovecharía las potencialidades agropecuarias que ofrece el paisaje para el desarrollo de una agricultura extensiva de cereal y un aprovechamiento de los pastos ribereños para la ganadería. Datable entre los siglos I-II, correspondientes a los primeros tiempos del imperio, tal vez continuase los hábitats de la Edad del Hierro. Las casas de esta aldea eran de construcción muy humilde, de planta rectangular con zócalos de piedra y alzados en adobe y techumbre vegetal. Lo más característico es un campo de silos, o depósitos excavados en la tierra que servían para el almacenaje de alimentos especialmente cereales, y su resguardo ante el ataque de aves o roedores. En los silos de mayor tamaño se observa una preparación previa de sus paredes y suelos, consistente en el incendio de la oquedad excavada con el fin de endurecerla y conseguir así una capa aislante térmica y defensiva frente a los roedores.
Además de abundante material cerámico en el que perviven formas y técnicas prerromanas (pintadas en rojo o negro, jaspeadas y grises) junto a otros restos de característicos romanos como la terra sigillata hispánica, se localizaron una fíbula de bronce del tipo Aucisse, enmangues de hueso para cuchillos con espiga de sección circular, además de un as de bronce de época de Tiberio. No se han encontrado restos a partir del siglo II, hasta nuevas hallazgos arqueológicos debe suponerse un abandono de estas explotaciones agrícolas y un aumento de la actividad ganadera trashumante paralelo a un proceso de decadencia del Imperio, que acompañó a la concentración de la propiedad en manos de los propietarios de las villas, entendiendo cada villae como un centro autosuficiente sobre el que gira la vida rural de una importante comarca. Estos terratenientes dotaron a su dominio señorial de una individualidad que les sustraía de la autoridad de los magistrados o gobernadores provinciales, conociendo su época de esplendor en el ocaso imperial durante la dinastía de Teodosio como se muestra en la villa romana de Carranque o en el yacimiento de Tinto Juan de la Cruz en Pinto también en los márgenes del arroyo Culebro.
Antes de la caída definitiva del Imperio estas villas y aldeas debieron sufrir las incursiones y el saqueo de los alanos durante los primero años del siglo V. Así se demuestra en el citado yacimiento de Tinto Juan de la Cruz, que después de ser arrasado sirvió de base para que grupos de bandas realizasen actos de saqueo en las tierras de la comarca. Este clima de inseguridad arruinó la economía agrícola y latifundista que caracterizó la explotación de las villae, asoló el centro peninsular provocando un aumento de las zonas despobladas y sentó las bases para un auge posterior de la explotación ganadera.
Carlos J. López de la Cruz
Doctor en Historia
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