Bienvenido, Alberto Tena López
No hay premisa más hermosa que haya dado origen a una historia que la del último filme de Almodóvar; la imagen, a lo lejos, de una pareja fundida en un abrazo dentro de una fotografía tomada al azar por él mismo.
Es conocida la absolutamente original y personalísima opción cinematográfica de este realizador, dueño de un genuino e inigualable estilo. Para cada espectador hay un Almodóvar preferido y distinto, lo que permite escoger siempre entre el casticismo lenguaraz, la efectiva provocación, la sorpresa inusitada o el clasicismo melodramático más puro. Los abrazos rotos, pues, mantiene el tono contenido y algo triste que ha impregnado las obras más recientes de Almodóvar y de alguna manera, viene a constituir una suerte de compendio de lo que caracteriza toda su filmografía. De este modo, en el filme habrá mucho de lo mejor y algo de lo peor del oscarizado manchego.
La trama de Los abrazos rotos es alambicada aunque no confusa, folletinesca pero persuasiva, pasional y, no obstante, sobria, rendidamente cinéfila y desprejuiciadamente cinéfaga. La urdimbre argumental hace uso del relato negro y del género del suspense en una ida y venida de lugares y tiempos diversos que estiran los vértices de un punzante triángulo amoroso. Así, de nuevo, un guión lastrado con alguna grieta estructural, alguna situación prescindible, algún personaje sobrante y las habituales concesiones a la galería, sabe elevarse gracias al apabullante dominio de la puesta en escena que atesora Almodóvar quien, con una cámara más movediza de lo habitual y usualmente pegada a los rostros de los actores, articulada según planos cortos y algo asfixiantes, pondrá otra vez en acción su prodigioso sentido visual alcanzando hallazgos espectaculares y ofreciendo imágenes de una asombrosa belleza, quizá como hasta ahora no había conocido su cine. En este aspecto Almodóvar cuenta con la complicidad de la asombrosa fotografía de Rodrigo Prieto y la música del enorme Alberto Iglesias.
Del mismo modo, vuelve a ponerse claramente de manifiesto la destreza de Almodóvar a la hora de dirigir a sus actores, resultando tan intensos como creíbles unos magníficos Homar y Cruz. El grandísimo José Luis Gómez sale airoso de su difícil apuesta almodovariana gracias a su poderosa y depurada técnica y la portentosa Blanca Portillo nos regala otra de sus habituales lecciones de lo que es actuar.
Los abrazos rotos, como ocurre con cualquiera de sus películas, peores o mejores, nos trae a la vez al Almodóvar de toda la vida y a un Almodóvar renovado, al que se repite y no defrauda y al que siempre sorprende, a un Almodóvar, por último, que, consciente de su lugar dentro de la historia del cine, no duda en recurrir a la autocita en diversas ocasiones, descubriéndose en ciertos momentos tan irritantes como disculpables miradas de reojo a su propio ombligo. Y termina por convencernos de que nadie como él en todo el mundo es capaz de filmar mejor a dos personas haciendo el amor.
Pablo Díaz Torres
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