Bienvenido, Alberto Tena López
La tristeza que inunda cada plano de El intercambio es la misma que sentíamos al salir ateridos de nuestro baño iniciático en el río Mystic de Boston y es también pareja a la que nos inundaba al comprobar cómo la alternativa más humana que le quedaba a la maravillosa chica del millón de dólares era la muerte. Se relaciona además con aquélla que se prendía del corazón cuando el General Kuribayashi, suplicaba por una bala después de escribir sus cartas en Iwo Jima. Una amargura lúcida y reveladora pero también profunda e inconsolable, se diría que insoportable.
Con estos filmes, Eastwood nos está hablando de algo que va más allá de la quiebra definitiva del sueño americano, alcanzando la categoría de un descreído y escéptico estudio de la naturaleza humana, que siempre resultará oscura. Eastwood, que creó en Mystic River la más poderosa representación iconográfica del desamparo mediante la mirada de ese niño desde el asiento de atrás de un coche, consigue con El intercambio, partiendo de elementos similares, que descubramos cómo la pérdida absoluta de la inocencia tiene forma de interrogatorio policial.
Sobradamente conocida es la ingente sabiduría cinematográfica que atesora este último genio de la escuela clásica americana al dotar a sus filmes de ese característico estilo invisible y calmo, con la cámara siempre a la altura de los ojos y un discurrir narrativo de una implacable fluidez e impecable caligrafía. Lo que nos sigue encandilando, lo que continúa admirando es la manera en que desde sus últimas realizaciones, la bellísima poética de su cine parte de elementos tan genuinamente trágicos y desesperanzadores.
Así pues, en las inolvidables imágenes de El intercambio, la acerada fotografía procura unos fortísimos contrastes cromáticos para desnaturalizar el aspecto de, por otro lado, una perfecta ambientación pretérita, convirtiéndose este entorno en el mejor contexto para desarrollar una suerte de clima moral perverso y malsano, adecuado al tono de un filme con una puesta en escena perfecta que imprime un ritmo pausado pero nunca moroso, donde la progresión dramática se orquesta a partir de un guión con una estructura magistral.
Angelina Jolie, inconmensurable, se rompe frente a nuestros ojos de un dolor que sobre todo se reflejará en la expresividad de sus azulísimos ojos y las quebradas inflexiones de su voz, de ahí la necesidad de la versión original para apreciar su portentoso trabajo.
Eastwood, con su grúa al principio y al final y con sus emotivas y sutiles melodías orquestadas por Lennie Niehaus nos deja claro de nuevo quién manda y vuelve a alegrarnos el día con su cine enorme. Sólo queda desear que continúe rodando películas durante varios cientos de años.
Pablo Díaz Torres
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