Bienvenido, Alberto Tena López
El cine no era algo desconocido para mí, pero era la primera vez que entraba en una sala de cine. No se porqué mi hermano mayor, mucho más mayor que yo, decidió llevarme al cine esa tarde. Tampoco recuerdo qué sala era ni dónde estaba; mi hermano vivía entonces en la ampliación del barrio madrileño de Moratalaz, deduzco que debía ser una sala cercana. Tampoco recuerdo el motivo, ni sé si era verano o invierno, ni siquiera qué edad tenía aunque debía frisar los ocho o nueve años; pero no olvidaré que era una programación de sesión continua, de esas que ya no hay, y que la oscuridad que me cegó al entrar fue pronto adquiriendo un clima de penumbra con tonos azulados que al poco rato me permitió percibir todo lo que rodeaba: un señor gordo al lado de mi hermano, una fila de butacas vacías, dos cabezas recortadas delante de mí y multitud de hilillos de humo que ascendían hasta el techo muy lentamente y formaban bucles caprichoso que generaban sombras en el haz de luz que se abría desde mi espalda.
Recuerdo que entramos con la película ya empezada, algo que me costó entender, pero mi hermano fue inflexible: “después vemos el empiece”. No importaba, enfrente de mí una gran ventana de luz mostraba a unos buzos que lenta y pausadamente caminaban por el fondo del mar en lo que parecía un entierro. Como explicaros lo que supuso esa visión. Yo apenas conocía la televisión, de la cual sólo me gustaba Bonanza y los Chipiritifláuticos; y mi conocimiento cinematográfico se limitaba a las de romanos y de pistoleros que echaban en el cine de verano los cíngaros “peliculeros” con un viejo proyector de 35 mm, no tenía nada que ver con lo que ahora veía, seguro que boquiabierto y con mirada bobalicona.
Era la historia del “Nautilus”, el maravilloso barco a través del cual el capitán Nemo se vengaba de la injusticia con la que le había tratado el mundo. Yo no entendía mucho la historia, pero la magnifica imagen del dorsal del Nautilus, surcando el mar y embistiendo a los barcos hizo por mucho tiempo que quisiera ser marino o buzo.
Quise repetir y ver la película entera otra vez, pero mi hermano debía tener prisa y cuando de nuevo aparecieron los buzos en su lúgubre paseo, me empujo sin miramientos y sin dejar de mirar la pantalla abandoné mi primer viaje por la gruta de los sueños. Y fue un viaje de 20.000 leguas submarinas.
Querido Joaquín, hermano, nunca te conté esto cuando tuve oportunidad, sirva este recuerdo como agradecimiento, aunque sea tardío.
Francisco Arroyo
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