Bienvenido, Alberto Tena López
Más allá del hombre, escondido, sobrevive el paraíso en una franja del horizonte donde aún no existe el tiempo, ese invento voraz que sentencia la inocencia de todo pasado pretérito, de todo misterio escondido. Allí, crece desbordada la soledad del silencio y la pureza del instante.
Entonces, de repente, comienza la lucha cainita, comienza el ataque fratricida, esa batalla épica por vulnerar el paraíso que comienza justo cuando la conciencia humana pretende vencer a la eternidad y domesticar a la Naturaleza. El hombre se instala allí, y el paraíso se convierte en el lugar donde la vida se resquebraja para dejar entrever el paso de la muerte que avanza imparable entre huérfanos y desheredados que sobreviven en el escombro infame de la vileza humana.
La herida es mortal. Por los túneles que horadan tenazmente el paraíso huye la fe derrotada por el odio reseco que invade el desamparo. Se propaga sin antídoto la condena del final inexorable, y en aquel espacio virginal tan solo resuena ya el eco de la blasfemia y la indiferencia áspera de la falsa remisión.
Sin embargo, entre la inmundicia, el hombre vive y aprende a sobrevivir aferrado a la simiente de la esperanza que germina en territorio inhóspito.
De repente, todo termina en la supuesta derrota de la victoria lograda por el impulso incomprensible en la creencia de un futuro sin presente alguno, un futuro que descubre la felicidad en el ayer irrecuperable de lo desconocido.
Y al final, tras la nada, vuelve otra vez el paraíso redimido, invencible, libre, a inundar poco a poco, otra vez, cada rincón olvidado, a la espera del último descubrimiento.
Óscar Sánchez Nombela
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