Bienvenido, Alberto Tena López
Profesor y Naturalista del siglo XIX.
Patrimonio Natural de Leganés
Pocas imágenes se conservan del Leganés del siglo XIX, tal vez las más conocidas sean las dos acuarelas realizadas por el suizo Juan Mieg entre 1817 y 1822; en una de ellas aparece representada la ermita de Nuestra Señora de Butarque y en la otra la iglesia de San Pedro y otras edificaciones de Polvoranca. Forman parte, junto a otras veintitrés, de su colección Alrededores de Madrid, donde se muestra el paisaje de diversos parajes cercanos a la capital. El autor las debió de realizar aprovechando sus viajes para estudiar la fauna madrileña y hoy se conservan en propiedad privada, habiendo sido expuestas por primera vez en 1992, en el Museo Nacional de Ciencias Naturales.
Juan Mieg. ¿Quién fue Juan Mieg? ¿Cuántos hemos oído alguna vez el nombre de este entomólogo? Cuando indagas en su biografía descubres una mente prodigiosa que dominó cinco idiomas, aparte del latín. Nacido en Basilea en 1779, su carácter inquieto y polifacético le llevó a cursar estudios de humanidades en Alemania, formación que completó con matemáticas, física, química e historia natural en París. En 1814 llega a Madrid junto a su mujer, de la mano de Fernando VII como preceptor de los príncipes y boticario honorario de cámara. Dibujante, pintor, grabador y entomólogo, publicó seis volúmenes, entre los que destaca su “Paseo por el Gabinete de Historia Natural de Madrid” (1819) primera “guía” de lo que hoy llamamos Museo de Ciencias Naturales. En 1825 fija su residencia en Carabanchel, donde sus conciudadanos le apodan “Tío Cigüeño”, seguramente por algún rasgo fisonómico o por un peculiar carácter.
Su labor científica se entrecruza con la del médico Mariano Graells Agüera, 30 años menor que él. Graells se desplazó a Madrid en 1837 como catedrático de Zoología del Museo de Ciencias, donde conoció a Mieg poseedor de la mejor colección de mariposas españolas de aquellos tiempos. Graells le convirtió en uno de sus colaboradores y así, tuvo conocimiento de que en los pinares de Guadarrama se podía localizar una mariposa muy parecida a la americana Actias luna, de aspecto exótico, y que seguramente se trataba de una especie aún sin describir. Pero todo lo que podía mostrar Mieg eran unas alas rotas de diversos ejemplares; la revelación hizo que Graells se preocupara en obtener ejemplares completos de aquella extraordinaria mariposa, y logró en 1849, aunque tardará cuatro años más en obtener un ejemplar masculino. Eliminó de los dibujos realizados las acículas (hojas) de los pinos para no dar pistas sobre la planta nutricia y su hábitat, con el objeto de proteger la especie o de preservar sus intereses particulares de comercialización a coleccionistas. Considerada como la mariposa europea más bella, fue denominada Graellsia isabelae, en honor a Isabel II, protectora de Graells. Aunque Mieg nunca se lo reprochó, hoy se conocen las cartas que éste envió al famoso entomólogo francés León Dufour dándole cuenta del “hallazgo” de Graells y demostrativas de quién fue realmente el descubridor de la especie.
Mieg desarrolló una intensa actividad de observación y divulgación científica, otra de sus investigaciones versó acerca de la utilización de animales como “barómetros vivientes”, capaces de proporcionar una predicción a corto plazo sobre el tiempo meteorológico. En su artículo “Animales meteorológicos” publicado en 1842 se lamentaba de que”el hombre científico de su tiempo, que pronosticaba con muchos años de antelación la hora exacta de cualquier eclipse de sol o de luna, no fuera capaz de vaticinar el tiempo atmosférico venidero, para un lugar determinado, con sólo varias fechas de antelación”. Aseguraba que “muchos animales estaban dotados de órganos sensibles que captaban las alteraciones que el ambiente es susceptible de padecer en su temperatura, humedad, electricidad y movimiento”. Y concluía añadiendo que “el hombre, consciente de la superioridad de ciertos animales respecto a la detección previa de ciertas alteraciones atmosféricas, había sabido aprovechar útil e ingeniosamente estas capacidades, llevándose a su propio hogar alguno de ellos, para que le mantuviera constantemente informado de las mudanzas del tiempo. Referíase a animales como las sanguijuelas, las ranitas verdes y los misgurnos. Y, en el contexto político-social tan singular que reinaba entonces, se impuso la moda a mediados del siglo XIX, de tener en las viviendas una especie de peceras de vidrio, con sanguijuelas, ranitas verdes o extraños pececillos, los cuales, según se decía, estaban dotados de una sensibilidad a las mutaciones del tiempo atmosférico. Hoy día pueden parecer chocantes e incluso graciosas estas afirmaciones, pero a la vista de las recientes investigaciones sobre el comportamiento y la anatomía de estas especies, quizás el Tío Cigüeño no andaba descaminado.
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