Bienvenido, Alberto Tena López
La historia de Leganés siempre se ha escrito con letras de agua, pues tal ha sido la importancia de este elemento que ha condicionado no sólo la vida de sus gentes, sino también su fauna, su flora y sus ecosistemas.
Leganés se asienta sobre arena de miga, arcosas feldespáticas procedentes de la degradación de los materiales graníticos y metamórficos de la Sierra de Guadarrama, con una gran capacidad para retener el agua, que descansan sobre otra capa de arcillas impermeables que impiden la infiltración del agua hacia niveles subyacentes, quedando retenida a poca profundidad y dando lugar, así, al potente acuífero que fluye subterráneo.
Arcillas que actúan como filtro natural potabilizador, rindiendo aguas de muy buena calidad, saludables, agradables al paladar y reconocidas desde antaño. Aunque los suelos determinados por estas arenas son muy pobres en nutrientes, la abundancia de aguas para riego ha permitido el establecimiento de cultivos hortícolas y de cereal. La potencia de este acuífero (1000 m3 diarios) unido a la poca profundidad a la que se encuentra el nivel freático, unos 15 m de media, provoca la formación de lagunas y cauces estables en los puntos más bajos del relieve. Las lagunas de Polvoranca y los dos arroyos principales, Butarque y Recomba/Culebro, son la consecuencia directa de este baile geohidrológico.
El clima se define como mesomediterráneo seco contrastado (en la frontera con un clima semiárido y con grandes diferencias a lo largo del año entre los valores máximos y mínimos de temperatura y precipitaciones).
La pobreza de los suelos no ha permitido el desarrollo de grandes masas forestales, potenciando el establecimiento del matorral mediterráneo como vegetación clímax . Hoy día quedan pocos rastros de la flora autóctona de Leganés, concentrándose la mayor parte de la biomasa vegetal en los parques, jardines y espacios renaturalizados. En algunos enclaves aún persisten las huellas de un pasado no tan lejano, en el que la ciudad estaba rodeada por cotos y campos de cultivo. Interesantes retazos de la estepa propia de estas zonas periurbanas podemos encontrarlos entre el barrio de Vereda de los Estudiantes y el término municipal de Getafe, y en los alrededores de los parques de Butarque y Polvoranca. Ecosistemas fuertemente antropizados constituyen una mezcolanza entre la estepa cerealista y la natural. Los años de abandono del cultivo han determinado el asilvestramiento progresivo de los antiguos campos de labor, y su hibridación con las estepas naturales colindantes. Su aspecto sigue siendo más parecido a un pastizal mediterráneo que a un matorral, pero con especies tan representativas como la retama común o “de sonajeros” (Retama sphaerocarpa).
El cortejo faunístico se compone de especies como la liebre (Lepus capensis), el conejo (Oryctolagus cuniculus), la perdiz roja (Alectoris rufa) y la codorniz (Coturnix coturnix). Hay referencias sobre la presencia, antaño de avutardas (Otis tarda) y su pariente el sisón (Tetrax tetrax) que da nombre a una de las lagunas de Polvoranca. No hay constancia actual de la presencia de depredadores como zorro, turón, o comadreja, si bien algunas especies domesticas asilvestradas ocupan hoy esos nichos ecológicos.
En contraste con el Leganés “seco”, tenemos el Leganés “húmedo”, el de los ecosistemas palustres y de ribera que han marcado su peculiar idiosincrasia; durante décadas las riberas de los cauces soportaron una intensa degradación, pero su recuperación desde finales de los 80, consiguió renaturalizar algunos espacios de alto valor ecológico. En contrapartida, se han mezclado especies autóctonas con otras de carácter puramente estético o de rápido crecimiento, pero de dudoso abolengo.
Por los senderos que discurren paralelos a los cauces de Butarque y Recomba podemos observar restos del bosque ribereño autóctono, con álamos y chopos (Populus alba y P. nigra), sauces (Salix salviifolia y S. atrocinerea), fresnos (Fraxinus angustifolia), tarajes (Tamarix gallica) y olmos (Ulmus minor y U. pumila).
Respecto a estos últimos, destacar los contados ejemplares de olmo campestre (Ulmus minor) que se elevan en Leganés (cuatro ejemplares junto al Complejo Deportivo Europa, y unos pocos en el Parque Butarque), constituyen una reliquia de los pocos supervivientes a la mortal plaga de la grafiosis, que asoló las poblaciones de olmos europeos durante el pasado siglo.
Solapándose con estos bosquecillos de ribera, la vegetación palustre ocupa los espacios encharcados de los arroyos y lagunas, formando un estrecho entramado vegetal que sirve de refugio y zona de anidamiento para las aves acuáticas y otras especies animales de la zona. La enea o espadaña (Typha latifolia y T. dominguensis) constituye el componente mayoritario en estos ecosistemas, conservándose, aun, pequeñas masas de carrizo (Phragmites australis) en Polvoranca y Butarque.
Ligada a estos espacios húmedos recuperados, se ha ido asentando poco a poco un cortejo faunístico residente todo el año, de especial riqueza en aves acuáticas como el ánade real (Anas platyrhynchos), la focha común (Fulica atra), la polla de agua (Gallinula chloropus) y el ganso (Anser anser), junto a otros vertebrados como el galápago europeo, la rana verde ibérica, los sapos de espuelas y corredor, y la rata y la culebra de agua. El murciélago común (Pipistrellus pipistrellus) mantiene una buena población debido a los humedales, pues generan una abundancia de insectos voladores que le sirven de alimento.
Durante los meses fríos, este cortejo se complementa con algunas especies invernantes, procedentes de latitudes más altas, y de un alto valor ecológico, como la garza real (Ardea cinerea), el pato cuchara (Anas clypeata), el ánade silbón (Anas penelope), el cormorán (Phalacrocorax carbo) y varias especies de gaviota (Larus sp.).
La red de humedales ibéricos constituye un sistema de áreas de “descanso y repostaje” para las aves migratorias, en su tránsito anual hacia Africa o Europa. La recuperación de nuestros humedales contribuye a amortiguar los efectos de la degradación y desaparición de otras zonas húmedas en la Península.
La riqueza en avifauna constituye un fiable indicador de la calidad ambiental de un territorio, y ambos parámetros son directamente proporcionales: a mayor biodiversidad, mayor calidad ambiental y de vida para los ciudadanos. Leganés ha mantenido una evolución positiva en las tres últimas décadas, como ejemplo ilustrativo, sirva la diversidad de especies de aves en Polvoranca, desde las 40 inventariadas antes de la creación del parque hasta las 140 que se pueden ver en la actualidad; otros indicadores son el grado de penetración en el entramado urbano de especies procedentes del entorno natural circundante (como la cogujada, la lavandera blanca, el petirrojo o el mirlo), el establecimiento permanente en el municipio de aves tradicionalmente migratorias (cigüeña), la acomodación de especies altamente silvestres a la convivencia con vecinos tan ruidosos como nosotros (cernícalo) o el mantenimiento de especies singulares y protegidas (mochuelo). Dos rapaces sobreviven en este paisaje tan antropizado, el mochuelo común (Athene noctua) “relativamente frecuente” de encontrar durmiendo durante el día en las oquedades de las viejas ruinas de Polvoranca y el cernícalo (Falco tinnunculus), que se ha adaptado bien a la proximidad de los humanos y es fácilmente observable en lugares tan insospechados como las isletas de vegetación que han quedado atrapadas entre la M-45 y el Polígono de Butarque; resulta espectacular verle flotar suspendido en el aire (“el Harrier de las aves”), al acecho de cualquier incauto ratoncillo que cometa la imprudencia de transitar por su territorio de caza. Aunque si tuviera que escoger la especie más representativa del alma y la historia de los leganenses, sin duda me quedaría con la Ciconia ciconia, nuestra leal y vieja conocida Cigüeña.
Copyright EL ZOCO. La primera a la izquierda