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Revista nº 9

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28/03/2009El lenguaje humano y los animalespor Alexandra Arroyo

¿Pueden los animales comunicarse? Evidentemente sí, todos los animales se comunican con los seres de su misma especie e, incluso, nuestro gato o perro llega a encontrar la forma de decirnos que tiene hambre.

gorilas comunicándoseEntonces, ¿qué hace al lenguaje humano tan especial? Una de sus propiedades más importantes es la facultad de hablar sobre cosas que no suceden en el espacio ni en el tiempo inmediato; esto nos permite además fantasear, inventar e imaginar. Otra característica fundamental es su productividad: continuamente se están creando palabras, oraciones, expresiones nuevas, pudiéndose decir que la capacidad del lenguaje humano es infinita. No parece ser así en los animales.

Pero, entonces, ¿es imposible que los animales entiendan, aprendan y utilicen un lenguaje humano? Esta pregunta ha estado de plena actualidad desde el siglo pasado y hubo enormes polémicas entre los que pensaban que sí, y aquellos que lo negaban rotundamente. Los experimentos más interesantes se centraron en los chimpancés, simios muy próximos en la escala evolutiva al ser humano.
En los años 40, Keith y Catherine Hayes criaron en su propia casa a una chimpancé, Viky, igual que si fuera un niño. Los dos científicos pasaron varios años intentando enseñar a Viky a hablar en inglés, mostrándole cómo debía adaptar su boca. Consiguieron que dijera algo parecido a papá, mamá y algún que otro sencillo término más, lo cual fue todo un logro, ya que actualmente se sabe que los primates no tienen condiciones físicas para hablar: por ejemplo, la adopción de la postura erecta durante la evolución natural del ser humano, hizo que la cabeza se adelantara y la laringe quedara más baja, creándose una cavidad más amplia que denominamos faringe. La laringe permite emitir sonidos lingüísticos también propicia que nos podamos atragantar con la comida, lo que nunca le puede suceder a un simio. Como consecuencia se puede sentenciar la decisiva importancia evolutiva que tuvo el dotarnos de la posibilidad de hablar, frente a la imposibilidad de morir mientras comemos.

En cualquier caso Allen y Beatriz Gardner, en los años 60, conscientes del fracaso que supuso el experimento con Viky, decidieron enseñar a otra chimpancé llamada Washoe un lenguaje que no requiriera emisión de sonidos, el ASL (Lenguaje Americano de los Signos). Para llevar a cabo su hazaña optó también por tratar a la chimpancé como un niño y, en cuatro años, Washoe utilizo signos para unas cien palabras y, lo que fue más impresionante, pudo llegar a combinarlas para formar oraciones. Incluso Washoe dio signos de cierta capacidad de productividad al combinar, por ejemplo, las palabras pájaro y agua para denominar a un cisne. Parece ser que también podía mantener algunas conversaciones muy básicas. A lo largo de su vida aumentó su vocabulario y fue capaz de enseñar el lenguaje a otro chimpancé sin intervención de humanos.

En los años 70 se puso en marcha otro proyecto, liderado por el científico Terrace, para enseñar en condiciones muy controladas el ASL a otro chimpancé llamado Nim Chimpsky, parodiando con el nombre a Noam Chomsky. En poco tiempo el simio aprendió un buen número de palabras e incluso sabía combinarlas, pero, después de un estudio meticuloso de lo vídeos, se dieron cuenta de que las estructura de las expresiones más largas de Nim eran, simplemente, la concatenación de estructuras más sencillas, y no la evolución hacia estructuras más complejas como hacen los niños en su período de aprendizaje de la lengua. Además, Nim nunca utilizaba el ASL para iniciar el contacto con sus profesores, sólo recurría a los signos como respuesta a las preguntas que le hacían y tendía a repetir los signos que le hacían.
Estos descubrimientos hicieron que Terrace revisara los vídeos que se habían grabado de Washoe, observando las mismas pautas de comportamiento y concluyendo que estos dos monos, de gran inteligencia, sólo estaban realizando trucos sofisticados para obtener premios como respuesta a señales inconscientes de sus adiestradores, pero, desde luego, no estaban llevando a cabo actividad lingüística alguna. La polémica ha estado servida desde entonces. Los Gardner siempre han defendido que las respuestas de Washoe no eran condicionadas y llevaron a cabo un interesante experimento en el que la mona, en ausencia de seres humanos, realizó signos para identificar objetos que visualizaba en distintas imágenes. También hicieron hincapié en el hecho de que Washoe se hubiese desarrollado en un entorno familiar, como un integrante de la familia, frente a Nim, al que sólo se había considerado un animal de investigación y de laboratorio.

Evidentemente se puede afirmar que la capacidad de aprendizaje lingüístico de un simio está muy lejos de la de un niño. Pero, dados los innumerables y evidentes experimentos de los cuales hemos repasado sólo una mínima parte en este artículo, comparto la creencia de George Yule al indicar que se debería revisar la afirmación del lingüista Chomski en la que decía que “la adquisición de incluso los más básicos rudimentos del lenguaje están mucho más allá de las capacidades de un mono inteligente” y aceptar que puede que sí tengan capacidad para asimilar esos “rudimentos más básicos”. Todavía quedan muchas incógnitas y sorpresas por desvelar en los próximos tiempos; y si no, atención a este curioso texto de 1838 de la revista madrileña El Panorama, editada en Madrid, que trataba el mismo tema que nuestro artículo:
“ […] Dice un naturalista después de haber descrito la vida social, las transmigraciones y las asambleas deliberativas de las hormigas: «Nada de esto puede hacerse sin tener grandes medios para comunicarse las ideas, sin una lengua abundante y una extensa gramática. No tenemos nosotros la finura de oído suficiente para saber si las hormigas tienen un lenguaje oral; no han sido estas suficientemente disecadas, ni vistas con microscopios de bastante fuerza para que sepamos con seguridad que poseen el órgano del oído. Sin embargo, las he visto al sonar un ruido imprevisto, dar, parándose o huyendo, signos de audición[…]”

Alexandra Arroyo Alfonso

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