Bienvenido, Alberto Tena López
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El I marqués de Leganés se llamaba Diego Messía y Guzmán, era el cuarto hijo del conde de Uceda y primo del conde duque de Olivares, todopoderoso valido de Felipe IV. Gracias a este parentesco y a alguna valía suya, pudo ascender en el escalafón militar, social y económico de su época. Llegando a ser general de los ejércitos del rey católico en Flandes, Portugal, Alemania y Cataluña; gobernador de Milán, presidente del Consejo de Flandes, y bastantes más cosas. Tuvo algunos éxitos sonados en su azarosa vida militar, destacando la victoria sobre los suecos en Nördlinguer (1634) o el victorioso socorro de Lérida de 1647; junto con otros sonoros fracasos como en Lérida en 1642 o en la toma de la fortaleza de Casale (1639).

Siendo apenas un adolescente viajó a la corte de Bruselas, en calidad de menino de la infanta Clara Isabel de Austria (hermana de Felipe III); con breves estancias en Madrid, pasaría veinte años en la capital belga, donde pudo medrar en esta corte y alcanzar una cierta notoriedad y riqueza. Fama y fortuna que se multiplicaron cuando Olivares alcanzó la privanza del joven Felipe IV.
Este auge social le permitió la compra de los derechos señoriales de la aldea de Leganés (que desde ese momento pasó a ser villa), allá por 1626, por unos 20.000 ducados [una verdadera fortuna] y convertirse así en señor de vasallos, requisito imprescindible para poder gozar de un título nobiliario. Al año siguiente, Felipe IV le otorgó el título de Marqués de Leganés, con el que alcanzaría la Grandeza de España en 1641; en tan sólo catorce años pasó de ser un simple caballero de Santiago a Grande de España, algo poco habitual en la época. Una vez titulado se cambió el nombre y pasó a llamarse Diego Felípez de Guzmán, en honor a sus benefactores.
Se le acusó de aprovecharse de sus cargos y de enriquecerse ilícitamente; tras la muerte de su protector (Olivares, en 1643), sufrió un duro proceso judicial en que le acusaron de ladrón y de cobarde en el sitio de Lérida de 1642, pero salió absuelto y volvió a dirigir los ejércitos de Felipe IV en la guerra franco-catalana y portuguesa en los años siguientes.
Murió en 1655 en su espléndido palacio que se situaba entre las actuales calles de San Bernardo, Flor Alta, Libreros y Marqués de Leganés de Madrid. Aparte de este palacio tuvo otra grandiosa casa en Morata de Tajuña y en nuestra ciudad una casa de campo, a la que se referían como la “Huerta de Leganés” en la vega del arroyo de Butarque. Entre estas viviendas estaba diseminada su magnífica colección de pinturas, que llegó a contar con 1.333 obras en el momento de su muerte, siendo una de las mayores colecciones privadas de arte de su época en toda Europa.
La línea del marquesado quedó sin sucesión directa tras la muerte sin descendencia del nieto del primer marqués en 1711, así el título familiar pasó a engrosar la ya gruesa lista de la Casa de Altamira que llegó a tener acumuladas ¡14 Grandezas de España! Actualmente el título de marqués de Leganés (el XIV) lo posee Gonzalo Barón y Gavito (duque de Sessa, de Atrisco y conde de Altamira entre otros títulos) quien vive en México D.F.
En el siglo XVII hubo una verdadera fiebre por el coleccionismo; por cualquier serie de artilugios u objetos que alguien pueda imaginar: calaveras enanas, relojes, autómatas, fósiles, ídolos aztecas que se traían de América o los finos y delicados cristales de Murano, conchas marinas, estatuas romanas,…; cualquier cosa podía ser objeto de colección para los espíritus caprichosos y asombradizos de la nobleza de la época. Las colecciones se acumulaban en las lujosas cámaras de sus mansiones y ellos competían orgullosos por mostrarlas a todo el mundo. Tal fue su profusión que se llegaron dividir y clasificar de sugerentes maneras; así a las colecciones de artilugios originados por el ingenio humano las llamaban artificialias, y naturalias a las que producía la naturaleza.
La nobleza no hacía con esta costumbre otra cosa que copiar a los reyes, que eran los primeros en acumular objetos y artefactos para su distracción, solaz y deleite. Y el arte pictórico (en todas sus manifestaciones: lienzo, tabla, tapiz, grabado, etc.) no podía ser menos. En España destaca la figura de Felipe IV, quien atesoró una innumerable colección de pinturas. Tres razones influyeron en este afán real: el propio gusto personal del monarca, la presencia de Velázquez como primer pintor real y la ornamentación del palacio del Buen Retiro como obra arquitectónica más señalada de la época. Este monarca seguía el modelo de su abuelo, Felipe II, a quien, por su pasión por los libros y códices antiguos, debemos la más completa biblioteca medieval del mundo conservada en El Escorial.
Las salas del palacio del Buen Retiro de Felipe IV albergaron la mejor y más completa pinacoteca de su época, con cuadros de todas las escuelas y géneros pictóricos, que además era uno de los primeros ejemplos de una colección organizada con algún criterio específico: sala de paisajes, sala de retratos, sala de bufones, sala de las batallas, etc.
En este ambiente, las colecciones se prodigaron entre la nobleza española, destacando las colecciones del duque de Monterrey, marqués de Leganés, conde de Benavente, marqués de la Torre, Jerónimo Villafuerte Zapata, Juan de Velasco, Juan de Lastosa, Jerónimo Funes Muñoz, Suero de Quiñones o Juan de Espina, entre otras muchas dignas de reconocimiento. La visita, admiración y elogio, en su caso, de las colecciones era actividad obligada en la sociedad de la época; muchos grandes literatos nos dejaron glosas de las mismas como Gracián, Carducho o el mismo Quevedo.
Por referir algunas de las colecciones más curiosas, citaré la de Juan de Velasco formada por curiosidades de la naturaleza y de multitud de autómatas. O la de Juan de Lastosa, en Huesca, que reunía una serie de autómatas que representaban a los más diversos animales salvajes, reales o ficticios: dragones, leones, leopardos, grifos, elefantes, rinocerontes, camellos, panteras, tigres,… O la colección de primorosos instrumentos musicales que, entre otras series singulares, poseía el enigmático madrileño Juan de Espina, quien ordenó en su testamento la destrucción de una colección de figuras humanas de damas y galanes que tenía dispuestas por los corredores de su casa en fingidas fiestas (¿y bacanales?).
El marqués de Leganés es un fiel exponente de esta costumbre, que casi se convirtió en una obsesión. Es asombroso el número de artilugios que atesoraba en sus casas según se desprende del inventario que se hizo de sus bienes tras su muerte: relojes [algunos con autómatas, como en la plaza Mayor de Leganés; ¡Cuántas vueltas da el mundo!], espadas, piezas de artillería, estatuas (entre ellas una veintena de bustos de bronce de emperadores romanos), espejos,… Vicente Carducho, en sus Diálogos de la pintura (Madrid, 1633), destaca de la colección del marqués, además de sus cuadros, su muchedumbre de ricos muebles, sus espejos singulares, así como sus relojes extraordinarios. En verdad, un sinfín de objetos, pero lo verdaderamente asombroso era su colección de pinturas: ¡más de 1.300 cuadros poseía el buen señor! Tan sólo por el número ya sería extraordinaria [el palacio del Buen Retiro tenía unos 800 cuadros], pero lo verdaderamente importante era la calidad de gran parte de las obras que contenía. No fue el único potentado enamorado del arte, también fueron notables las colecciones de pinturas del conde de Monterrey, del marqués de Castel Rodrigo, del almirante de Castilla, del duque del infantado o la del protonotario Jerónimo de Villanueva; y no sólo los nobles acumulaban pinturas, sirva como ejemplo que Las Hilanderas de Velázquez pertenecía a la esplendida colección del “plebeyo” Juan de Arce.
El marqués de Leganés fue uno de los principales coleccionista de arte de la Europa del barroco; poseyó obras de autores españoles, italianos y, sobre todo flamencos. Aparte de su gusto por las obras pictóricas, Leganés contó con dos grandes ventajas para desarrollar su pasión: una fortuna personal que le permitió adquirir obras de los pintores de mayor renombre, y una actividad diplomática, militar y política que le permitió viajar por Europa y acceder a los más prestigiosos artistas de su época, en particular debieron de ser muy fructíferas sus prolongadas estancias en los Países Bajos e Italia.
La colección de don Diego Felípez de Guzmán, incluía en 1655, año en que muere el marqués, 1.333 obras, reunidas a lo largo de toda su vida, especialmente en los años de mayor auge en su carrera política y militar. La mayor parte de las obras eran de pintura flamenca de su época, con cuadros de Rubens, van Dyck, Jordaens, Snyders, Paul de Vos, Gaspar de Crayer, Daniel Seghers, Frans Zinder, Clara Peeters, Alexander van Adrianssen, Frans Ykens, Paul Bril, Jan Brueghel de Velours, Joost de Romper, Jan Wildens,…; con muchos de ellos mantuvo incluso un trató personal. En particular debió ser muy cercana su relación con Rubens, a quien conoció en su estancia juvenil en Flandes; tanto, que cuando este pintor estuvo en Madrid en los años 1628 y 1629 (curiosamente para una misión diplomática: negociar, por orden de Felipe IV, un tratado de paz con Inglaterra) se hospedó en la casa del marqués, para quien realizó varios cuadros, entre los que destaca el de Inmaculada Concepción (museo del Prado); cuadro que el marqués regalaría a Felipe IV. Rubens alabó el juicio artístico del marqués de Leganés con estas palabras: Se puede contar entre los más grandes conocedores del arte de la pintura que hay en el mundo. La colección se completaba con un buen número de obras de los más afamados pintores flamencos de los siglos XV y XVI: Jan van Eyck, Roger van der Weyden, El Bosco, Patinar, Metsys, Mabuse, Antonio Moro y Quintin Massys.
También era muy importante la presencia de los artistas italianos en la colección, ya que contaba con obras de los principales pintores del Renacimiento, como Rafael, Veronés, Tiziano, Correggio, Palma el Viejo, Perugino, Andrea del Sarto, Giorgio di Castelfranco, Giorgione, los Bassano,… La serie de pintores italianos se completaba con un buen número de cuadros de autores pertenecientes al manierismo y al barroco italiano: Bronzino, Giovanni Battista Crespi, Lodovico Cigoli, Guido Reni, Francesco del Cairo, Gaudenzio Ferrari, Giovanna Garçoni, Paris Bordone, Rosso Florentino o Scipione Gaetano.
En comparación con la presencia de cuadros flamencos, las obras de la escuela española eran menos importantes en el conjunto de la colección, aunque no faltaban cuadros de las mejores figuras de su época, incluyendo obras de Velázquez, José de Ribera, Juan van der Hamen, Francisco Collantes o Juan Fernández “el Labrador”. La serie española se completaba con cuadros de artistas de finales del siglo XVI, como Alonso Sánchez Coello, Juan Pantoja de la Cruz, Juan Fernández de Navarrete “el Mudo” o el Greco. Finalmente había un extenso complemento de retratos de familia, escudos de armas y paisajes de autores anónimos.
Esta magnífica colección de obras de arte se mantuvo prácticamente intacta durante los siglos XVII y XVIII. En la propia Casa de Leganés hasta 1711, cuando muere el III marqués de Leganés sin descendencia directa. Tras esta muerte, el mayorazgo, el título y la colección de pinturas del marquesado pasaron a engrosar los bienes de la Casa de Altamira, donde la colección permaneció prácticamente indivisa hasta que la ruina económica de esta Casa nobiliaria llevó a que gran parte de la colección se subastara públicamente en almoneda en 1833; uno de los principales compradores fue el marqués de Salamanca, quien a su vez se vio obligado a subastar al menos otros cuarenta cuadros en París en 1867. De esta forma se produjo la dispersión absoluta de la colección ante la indiferencia de un estado español que entonces no alcanzó a comprender el expolio cultural que se estaba produciendo. Hoy sus cuadros identificados (ni de lejos lo están todos) aparecen diseminados por todo el mundo en los más importantes museos y en las mejores colecciones privadas de arte (Prado, Rubenshuis, Palacio de Viana, National Galery of Washington, Cerralbo, Castres, Museum of Fine Arts, Kaiser Friedrich, Royaux des Beaux-Arts de Belgique, Graphische Sammlung Albertina, Paul Getty, Várez-Fisa, Naseiro, marqueses de Ayamonte, Banco Central,…).
Son numerosas las obras pertenecientes al museo del Prado que en su momento formaron parte de la colección de pinturas del marqués de Leganés, algunas no se encuentran en la exposición permanente del museo y esperan en sus depósitos una oportunidad para ser admiradas.
Como pequeño botón de muestra se comentan media docena de estos cuadros que integran la exposición permanente del museo y otro más que inexplicablemente se oculta ordinariamente a los visitantes. Me refiero a La Inmaculada Concepción de Rubens; sirva también este artículo como instancia a quien corresponda y pueda, para que se incluya a ser posible en la exposición permanente del Prado.
Vieja mesándose los cabellos de Quintin Massys(¤ Lovaina, 1465; † Amberes, 1530), después de 1501, óleo, 55 cm x 40 cm [cat. Prado 3074; inventario M. Leganés nº 33]
Representación de una figura femenina de medio cuerpo que sobre un fondo negro aparece en una posición muy forzada y mesándose los cabellos. Sobre el valor simbólico de la obra se ha pensado que pueda tratarse de una alegoría sobre la Envidia o la Ira, que solían representarse con gestos grotescos y estrambóticos. Los estudios pictóricos que trataban de representar los gestos exagerados con escorzos casi imposibles fueron muy habituales en los pintores renacentistas.
La inmaculada Concepción de Rubensentre 1628 y 1629, óleo, 198 cm x 134 cm, [cat. Prado 1627]
Se trata de uno de las mejores representaciones de la Virgen, que viste una túnica roja bajo un manto azul. Siguiendo la iconografía clásica de este tipo de representación católica, la Virgen se representa coronada de estrellas y pisando la serpiente que porta la manzana del Pecado, significando la victoria de la madre de Dios sobre le pecado original. Este triunfo también se representa en las palmas y laureles que portan los ángeles que la acompañan. El arrebato de los ropajes deja entrever una composición muy “escultórica” que resalta las formas y los volúmenes del cuerpo de la Virgen.
Realizado durante la estancia de Rubens en Madrid en 1628, refleja las características de su más puro estilo, combinando el dinamismo compositivo propio del barroco con el ideal de belleza sereno y clásico que refleja el rostro de la Virgen.
El cuadro está pintado para el marqués de Leganés, quien, a buen seguro que con dolor, se lo regala a Felipe IV, para destinarlo al oratorio del monasterio de El Escorial.
La muerte de Séneca de Rubens1636, óleo, 184 cm x 155 cm, [cat. Prado 3048; inventario M. Leganés nº 882]
El pintor nos presenta al anciano filósofo desnudo, introduciendo los pies en un barreño, donde parece esperar su muerte. Tras él vemos a un anciano y un joven tomando nota de las últimas palabras del sabio, acompañado de dos soldados que contemplan la escena.
En este cuadro no existen referencias ambientales, las figuras ocupan todo el espacio compositivo, surgiendo a la luz de la absoluta oscuridad, lo que aporta una sensación de ahogo y de angustia que aumenta el dramatismo. Sensación que se agrava con los escorzos de los personajes, en particular Séneca quien parece agacharse para entrar en el cuadro. Muchos críticos han querido ver en este cuadro un homenaje de Rubens a Miguel Ángel en la figura del filósofo y a Caravaggio en el uso del contraluz. Parece que es una obra del taller de Rubens, si bien no existe consenso sobre las partes que fueron pintadas por el genial pintor; tan sólo hay acuerdo en atribuirle la cabeza del filósofo, mientras que el resto está en discusión.
Retrato de enano de Juan van der Hamen y León(¤ Madrid, 1596; † Madrid, 1631), hacia 1616, óleo, 122 cm x 87 cm, [cat. Prado 7065; inventario marqués Leganés nº 541]
El cuadro es de un enano ricamente vestido y armado, que sostiene un bastón de mando en la mano derecha. Este atributo de poder militar solo al alcance de los capitanes generales, no correspondía al retratado. Con seguridad se trata de uno de los bufones que pululaban por la Corte de Felipe IV, a quienes se les vestía con lujo y ostentación al modo de grandes personajes.
En el inventario del Marqués se le nombra como retrato del “enano del conde de Olivares”, denominación que posiblemente se debía al parecido con el valido del rey. El cuadro formaba parte de una serie de ocho retratos de bufones muy conocidos de la Corte (al menos dos de ellos pintados por Velázquez, según el inventario) que se ubicaban en la casa de campo que el marqués tenía en Leganés. Se trata de un retrato de una factura extraordinaria en el que destaca el delicado detallismo con el que está tratado el terno y especialmente la fuerza expresiva del retratado.
Federico Gonzaga, duque de Mantua de Tiziano Vecellio(¤ Pieve di Cadore, h.1485; † Venecia, 1576), 1529, óleo sobre tabla, 125 cm x 99 cm, [cat. Prado 408; inventario M. Leganés nº 14]
Retrato de Federico Gonzaga (1500-1540), duque de Mantua. El príncipe italiano aparece vestido con un elegante jubón de seda azul, y se destaca en la composición el rosario que le cuelga del pecho y el perro maltés que acaricia con la mano derecha mientras con la izquierda sujeta la espada. Todos estos elementos no se deben al azar, sino que obedecen a una simbología muy concreta: se trata de un cuadro destinado a copiarse y distribuirse por las cortes europeas para buscar esposa; el perro significa la fidelidad conyugal y el rosario el arrepentimiento de la vida disoluta que había llevado. Toda una declaración de intenciones.
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Francisco Arroyo Martín
Licenciado en Historia
Las enormes lagunas existentes sobre la reinterpretación del pasado histórico de Leganés suponen una importante llamada de atención a las autoridades competentes, para que se fomente desde las instituciones un trabajo historiográfico con el necesario rigor científico. Sorprende la ausencia de un merecido estudio sobre los Vargas, la familia propietaria de las tierras más ricas de Leganés desde tiempos medievales que mantuvieron estas posesiones hasta el siglo XIX.
Parece increíble que una ciudad del siglo XXI no conozca su evolución durante la edad Moderna, cuando fue un periodo de gran bienestar para Leganés, pero resulta indignante que no haya habido aparente preocupación por fomentar ese estudio. Incluso, en ocasiones, editando publicaciones carentes de rigor historiográfico, que conviertan el estudio e interpretación del pasado, en algo sólo anecdótico o contaminado por un rancio positivismo documentalista. La ciencia histórica es algo vivo que se alimenta día a día en archivos o excavaciones con nuevos hallazgos, pero sólo pueden adecuarse en su contexto histórico por verdaderos expertos.
En la zona sur madrileña residen cientos de historiadores, mientras que su pasado histórico sigue en el olvido, en pocas ocasiones ha servido de tema para artículos o tesis doctorales, y la ausencia de estímulos municipales y regionales para la publicación de estos trabajos no ha beneficiado un cambio de situación.
Por iniciativa personal se realizan estudios esporádicos y alguna tesis, como la tan esperada sobre el Marqués de Leganés, que aportan pequeñas luces a tan difuminado panorama, pero se carece de la pequeña y necesaria fusayola que tense la lana para que trabaje el telar.
En este erial historiográfico, no debe sorprender la ausencia de un trabajo pormenorizado sobre los Vargas, propietarios de los mejores regadíos con las aguas del Butarque hasta bien entrado el siglo XIX, y una de las sagas más importantes de la caballería de alarde madrileña, que ascenderá hasta la alta nobleza con la concesión del título de Marqués de San Vicente del Barco y luego entroncará con la casa de Hijar. Aunque sea conocida la referencia al hidalgo Fadrique de Vargas Manrique de Valencia, como titular de un mayorazgo que incluía vastas propiedades en Leganés, en las Relaciones Topográficas realizadas durante el reinado de Felipe II, no existe un estudio pormenorizado de este importante corregidor de Madrid, Caballero de Santiago que en 1629 será titulado Marqués de San Vicente del Barco por Felipe IV.
El mayorazgo de los Vargas comprendía vastos territorios al sur del río Manzanares, siendo los principales propietarios en aldeas como Carabanchel o Leganés, con relaciones de parentesco con otros importantes propietarios de la comarca, como los señores de Casarrubios y de Móstoles. Como se dice en las mencionadas Relaciones, sus posesiones ocupaban las tierras más fértiles del oeste leganense, con importantes huertas donde se cría hortaliza del género sobredicho (hortaliza de cebolla y berenjena y nabo), y tiene olivos en ella, y cercada de alameda; Fadrique de Vargas tenía el privilegio de regar con el agua del arroyo de Butarque hasta cuarenta y siete de las setenta fanegas de tierras acordadas para regadío, mientras que la otra tercera parte del terreno regado se repartía entre los demás propietarios. Acaso en el siglo XII no era Iván de Vargas el propietario de las tierras carabancheleras que labraban los ángeles a Isidro; y acaso tiempo después y según la tradición cristiana una mujer de Butarque no se benefició de la intercesión milagrosa del santo.
En 1558, a la muerte del abuelo de Fadrique, los terrenos que comprendía la Casa de Campo de los Vargas al oeste del camino de Talavera fueron desvinculados y vendidos a Felipe II, quien mostró este interés durante una estancia en Flandes, por extender el cazadero desde el Pardo hasta el Alcázar madrileño. Una adquisición que pudo influir para que este monarca, tres años después, fijase de forma permanente su Corte en la Villa. Además de su aproximación a la Corte, y de sus servicios en Flandes, Fadrique de Vagas se benefició con una creciente demanda de alimentos frescos que mejoró el precio de los productos de las huertas leganenses en el mercado madrileño; una producción que mayormente se cultivaba en sus huertas.
No parecen que peligraran sus intereses en Leganés cuando en 1627, y a pesar de la oposición de los vecinos, Felipe IV desvincula Leganés del concejo madrileño y concede el Marquesado de Leganés a Diego Messía de Guzmán, pues sólo dos años después a Fadrique se le concederá el título de Marqués de San Vicente del Barco. Desde entonces se planteará una dualidad y un reparto de poder entre ambos linajes, los marqueses de Leganés ostentarán la jurisdicción y el poder político con la elección de las autoridades, mientras que los de San Vicente mantendrán un creciente poder económico.
Carlos J. López
Doctor en Historia
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